Media hora de pedales antes de acostarse: el truco que le devolvió la memoria a quienes durmieron poco
Un estudio canadiense publicado en la revista SLEEP mostró que una sesión breve de ciclismo moderado, realizada antes de irse a la cama, compensó en parte el golpe que una noche corta le propina a la capacidad de recordar nombres y rostros. La clave estaría en el sueño profundo y no en el ejercicio en sí mismo.
Eran cerca de las diez de la noche cuando me llegó el aviso de la universidad canadiense y lo primero que hice, lo confieso, fue mirar el reloj como pidiendo permiso para sentir culpa. La consulta era inocente: un estudio recién publicado en la revista SLEEP, firmado por investigadores de la Universidad Concordia en Montreal, asegura que media hora de ejercicio moderado antes de dormir puede proteger la memoria cuando la noche se viene corta. En mi caso, como en el de tantos, la noche se viene corta casi por decreto, así que la promesa de pedalear treinta minutos para no llegar al otro día con la cabeza hecha un trapo me sonó, cuanto menos, tentadora. Por eso me senté a leerlo con la seriedad de quien busca, justamente, una excusa científica para subir a la bicicleta fija antes de cepillarse los dientes.
Lo que el equipo canadiense puso sobre la mesa es bastante específico y, por eso, bastante atendible: reclutó adultos jóvenes de entre dieciocho y treinta y cinco años, sin trastornos de sueño, y los repartió en cuatro grupos. Uno descansó ocho horas y media sin mover una rueda; otro durmió apenas cuatro horas y media, también sin actividad física; un tercero combinó una noche completa con media hora de bicicleta; y el cuarto, que es el que nos interesa, pedaleó antes de meterse en la cama para una noche de apenas cuatro horas y media. Antes de cada protocolo, todos los voluntarios memorizaron ochenta pares de rostros con nombres, la clásica tarea que los investigadores usan para medir lo que se llama memoria declarativa, que es la que nos permite acordarnos a quién le prestamos el libro o cómo se llama el chico del café.
Lo que midieron, cómo lo midieron y por qué importa
La prueba no terminó cuando apagaron la luz. A la mañana siguiente, los participantes se sentaron otra vez frente a la pantalla y se enfrentaron a ciento veinte pares, algunos ya conocidos y otros completamente nuevos. El resultado fue tan nítido como preocupante para quienes dormimos poco: el grupo con sueño restringido y sin movimiento obtuvo el peor desempeño, mientras que quienes habían pedaleado antes de su noche corta rindieron, en la práctica, al mismo nivel que los que habían gozado de las ocho horas completas. La diferencia entre ambos grupos con privación de sueño fue, según los autores, estadísticamente significativa, que es la forma elegante de decir que no parece y tampoco un mero accidente de la muestra.
- El ejercicio no mejoró el aprendizaje inmediato: la diferencia recién apareció en la prueba de la mañana siguiente, lo que apunta al sueño como protagonista de la consolidación.
- Treinta minutos de ciclismo moderado, calibrado a la capacidad cardiorrespiratoria de cada voluntario, fueron suficientes para disparar el efecto.
- Los investigadores midieron la actividad cerebral con polisomnografía durante toda la noche y detectaron que una mayor proporción de sueño de ondas lentas, la fase profunda del no REM, fue la pieza que conectó el ejercicio con la memoria.
- El grupo que durmió bien y además hizo ejercicio no rindió mejor que el que solo durmió bien, lo que sugiere que el beneficio aparece, sobre todo, cuando el sueño es escaso.
Lo que más me llamó la atención, y supongo que también va a llamar la atención de cualquier lector que haya sobrevivido a una madrugada de trabajo o a un vuelo trasnochado, es que la ventaja no estuvo en el momento del aprendizaje sino en la evaluación de la mañana siguiente. O sea, no es que el ejercicio convierta a nadie en más inteligente en el instante: lo que hace, según sugieren los propios autores, es preparar el terreno para que el cerebro, durante esas pocas horas de descanso que le quedan, trabaje mejor. En criollo: no te ayuda a estudiar, te ayuda a que lo que estudiaste no se te borre al otro día.
No es una licencia para dejar de dormir
El propio paper se encarga de poner los límites, y está bien que así sea. El ejercicio no reemplaza al sueño: quienes durmieron poco en el estudio siguieron durmiendo poco. Lo que cambió fue la calidad del sueño que sí tuvieron, y eso, aunque suene a matiz, en términos de memoria declarativa no es un detalle menor. Dicho de otro modo, no estamos ante una autorización médica para tirar el despertador a la basura y compensarlo con una clase de spinning; estamos ante un indicio de que, cuando la noche se acorta por obligación, mover el cuerpo antes de acostarse puede ser un pequeño escudo contra el olvido del día siguiente.
Volví a mirar el reloj cuando terminé de leer. Seguía siendo de noche, y la verdad es que yo no tengo una bicicleta fija en el departamento, así que la aplicación inmediata del hallazgo tendrá que esperar. Pero lo que me llevo, y lo que creo que vale la pena compartir, es esta idea bastante reconfortante para los adultos de entre cuarenta y sesenta años que arrastramos jornadas largas: cuando el cuerpo nos pide más horas de las que la agenda nos concede, media hora de movimiento moderado antes de acostarse puede ser, al menos según esta investigación que lideró el equipo de la Concordia, una manera digna de cuidar lo que guardamos en la cabeza. No es magia, no es sustituto del descanso, y seguramente faltan más estudios para confirmarlo en poblaciones que ya peinamos algunas canas, pero como hipótesis de cabecera no me parece nada mala.
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