El acoso escolar dejó de tener horarios: la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que la pesadilla del recreo se muda al celular y no deja dormir a los chicos
Un nuevo documento de la SAP, firmado por ocho comités y subcomisiones, describe cómo el bullying y el ciberbullying se retroalimentan y persiguen a niños y adolescentes dentro y fuera de la escuela. El impacto va de los dolores físicos y el mal dormir a la ansiedad y la depresión, y la entidad llama a familias, escuelas y equipos de salud a actuar en conjunto antes de que el hostigamiento sea imparable.
Lo escuché la semana pasada en una sala de espera del hospital de niños, mientras esperaba para una cobertura. Una madre le contaba a otra, con la voz rota, que a su hija de doce años ya no la querían en el grupo de WhatsApp del grado y que, encima, los propios compañeros armaron un Instagram paralelo para burlarse de ella con memes. Lo que más le dolía, me dijo, es que la nena entraba llorando al colegio a la mañana después de pasarse la noche leyendo los mensajes. Esa escena, exactamente esa, es la que la Sociedad Argentina de Pediatría acaba de describir en un documento que me hizo pensar en cuántos padres están pasando por lo mismo sin saber que ya no se trata solo de un problema en el patio del colegio, sino de algo que se mete en el cuarto y no deja apagar la luz.
Viajé hasta la sede de la entidad siguiendo la recomendación de colegas que me insistieron en que el texto valía la pena, y la verdad es que terminó confirmando algo que las familias intuyen hace rato: el bullying dejó de tener horario de cierre. Un chico puede ser empujado o insultado a la salida del recreo y, a las pocas horas, recibir en su celular la misma violencia amplificada, con mensajes de odio, capturas filtradas o videos editados que lo persiguen hasta la madrugada. La SAP señala que esa continuidad entre lo que pasa en el aula y lo que llega por pantalla es lo que vuelve hoy al acoso mucho más dañino que hace una década, cuando todavía bastaba con cruzar la puerta de la casa para conseguir un poco de alivio.
Un acoso que ya no distingue entre el aula y la pantalla
El documento fue trabajado en conjunto por ocho comités y subcomisiones de la SAP y pone el foco en un punto que hasta hace poco se miraba por separado: el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos fenómenos distintos y se volvieron uno solo. La agresión empieza en la escuela y continúa por WhatsApp, por redes sociales o por servidores de juegos online durante horas, con la particularidad de que el chico ya no puede descolgar el teléfono y zafar. Para graficarlo, una de las voces más fuertes del texto es la de Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la entidad, una mujer de 53 años a la que fui a buscar para esta nota porque quería entender cómo se llegó a este punto.
“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP
La pediatra me explicó, mientras revisábamos juntas el documento, que ya no alcanza con hablar de bullying sin hablar de teléfonos en la misma conversación, porque el hostigamiento se mudó de soporte y usa todo lo que tenga a mano: desde un grupo grande de mensajería hasta un videojuego con chat de voz, plataformas donde los códigos escritos suelen ser más agresivos de lo que serían cara a cara. La SAP describió la lista de formas que toma hoy el ciberbullying para que padres y docentes sepan identificarlas a tiempo en lugar de minimizar lo que el chico cuenta como cosa de chicos.
Cómo se manifiesta hoy el ciberbullying según la SAP
- Mensajes de odio y burlas en grupos de chat o redes sociales.
- Acecho o seguimiento permanente a través de distintas aplicaciones.
- Votaciones y encuestas para humillar o rankear a un compañero.
- Perfiles falsos y suplantación de identidad.
- Difusión sin consentimiento de información, fotos o videos privados.
- Exclusión deliberada de grupos y listas.
- Manipulación de imágenes, videos o memes, cada vez más potenciado por herramientas de inteligencia artificial que dificultan distinguir lo verdadero de lo editado.
- Publicaciones que, una vez viralizadas, superan en audiencia al aula y son muy difíciles de borrar.
La SAP fue tajante en un punto: no toda pelea entre compañeros es bullying, y esa diferencia no es un detalle menor. Para que el acoso escolar sea considerado como tal tiene que haber intención clara de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que deje a quien lo sufre sin manera real de defenderse. Las formas pueden ser físicas, verbales o relacionales, y con el correr de los años se hizo más visible esa tercera vía, la de aislar al otro, dejarlo afuera de un grupo o hacerlo quedar como el raro, una variante que en pantalla se amplifica hasta límites que en la era analógica eran impensados. Las consecuencias que enumera el documento atraviesan el cuerpo y la cabeza: dolores frecuentes, alteraciones del sueño, ansiedad, cuadros depresivos y, en los casos más extremos, conductas de autolesión o ideas suicidas.
Un problema que no se resuelve solo en el aula ni solo en la casa
Pedrouzo, con la misma crudeza con la que habló ante los pediatras que debatieron el documento, me insistió en que pedirle al chico que arregle el problema por sí mismo es la peor de las salidas, y que el acoso es un fenómeno grupal que necesita reacción grupal. Los compañeros que miran sin involucrarse, los adultos a cargo, las familias y la escuela entera son parte de la respuesta, porque cuando la agresión se reparte entre el patio y el grupo de WhatsApp ya no alcanza con un único actor para frenarla. La SAP les habló especialmente a los equipos de salud, a los que pidió estar atentos a señales que suelen pasar desapercibidas en los consultorios, como cambios en el apetito, mal rendimiento escolar, retraimiento o un apego excesivo al celular que en realidad enmascara el miedo a leer lo que sigue llegando.
Salí de la entrevista con la sensación de que aquel pasillo del hospital de niños donde escuché a esa madre ya forma parte de un mapa que la pediatría argentina acaba de poner sobre la mesa, y me quedé pensando en que la nota termina justamente donde arrancó: en una sala de espera donde una nena lloraba porque la noche anterior no la dejaron en paz. El llamado de los especialistas es directo y no admite dilaciones, porque mientras el bullying siga teniendo un canal encendido en el celular de los chicos, ningún recreo va a ser suficiente para empezar a curarlo.
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