Cinco familias de fármacos que conviven en el tratamiento del corazón y por qué el cardiólogo los receta juntos
Después de un infarto, una arritmia o un diagnóstico de presión alta es habitual volver del consultorio con varias cajas. Cada medicamento apunta a un problema distinto y la combinación no es capricho del médico: es la forma en que la cardiología intenta cubrir, al mismo tiempo, los varios frentes que pueden hacer fallar al corazón.
A veces uno entra al consultorio pensando que va a recibir una sola indicación y termina volviendo a casa con una bolsa de farmacia. Me pasó hace algunas semanas, mientras preparaba esta nota, cuando una conocida me llamó para contarme que a su padre, de 62 años, le habían dado cinco medicamentos después de un control cardiológico de rutina. La mujer estaba indignada, convencida de que era un exceso. Cuando me senté a investigar por qué los profesionales suelen recetar varios fármacos al mismo tiempo para el corazón, entendí que lo que le había pasado a su papá no era una excepción ni un capricho: era la práctica habitual en cardiología. Y que la pregunta que ella me hacía, en realidad, la repiten miles de pacientes cada semana en la Argentina.
La razón de fondo es bastante simple. El corazón puede fallar por motivos distintos y, muchas veces, simultáneos. La presión puede estar alta, el colesterol puede estar elevado, el ritmo puede volverse irregular, los vasos pueden tener zonas estrechadas y los líquidos pueden acumularse donde no deben. Un solo fármaco no llega a cubrir todo eso al mismo tiempo. Por eso el cardiólogo suele armar un esquema con varias drogas, cada una apuntando a un frente distinto, y las ajusta según el cuadro, los antecedentes y los factores de riesgo de cada persona.
Los cinco frentes que la cardiología suele atacar a la vez
- Presión arterial alta, que obliga al músculo cardíaco a trabajar con más esfuerzo del necesario.
- Colesterol LDL elevado, que favorece la acumulación de grasa en las arterias.
- Riesgo de coágulos, que pueden taponar arterias o venas ya dañadas.
- Arritmias, es decir, ritmos cardíacos desordenados o demasiado rápidos.
- Exceso de líquido retenido, que aparece sobre todo en insuficiencias cardíacas.
Para bajar la presión existen varias familias de fármacos que actúan por caminos diferentes. Los inhibidores de la ECA bloquean la producción de una hormona que estrecha los vasos; los ARA-II, otra familia muy usada, impiden que esa misma hormona ejerza su efecto; los betabloqueantes reducen la frecuencia cardíaca atenuando la acción de la adrenalina; y los bloqueadores de los canales de calcio relajan las paredes de los vasos o desaceleran el pulso, según el caso. Muchas veces el cardiólogo empieza con uno y, si no alcanza, suma otro de un grupo distinto para llegar al número de presión deseado.
El colesterol es otro capítulo aparte. Las estatinas son los fármacos más utilizados para bajar el LDL, el llamado colesterol malo, y además pueden ayudar a reducir la inflamación dentro de las arterias. Se indican tanto después de un infarto, un accidente cerebrovascular o la colocación de un stent, como en personas con varios factores de riesgo que todavía no tuvieron un evento. Cuando las estatinas no alcanzan o no pueden usarse, el médico puede sumar ezetimiba o, en casos seleccionados, inhibidores de PCSK9, una familia más nueva y de costo más alto.
Anticoagulantes, antiagregantes y advertencias
Los medicamentos para evitar coágulos son otro de los grandes rubros del tratamiento cardíaco. Los antiagregantes plaquetarios, como la aspirina o el clopidogrel, dificultan que las plaquetas se peguen entre sí y forman trombos. La aspirina se indica a quienes ya tienen enfermedad cardiovascular diagnosticada, pero la guía de la Cleveland Clinic aclara que no se recomienda de forma general para prevenir un primer evento sin una evaluación personalizada que pondere el beneficio y el riesgo de sangrado. Los anticoagulantes, como apixabán y rivaroxabán, actúan en una etapa distinta del proceso y se usan mucho para tratar coágulos en piernas o pulmones. Ambos tipos pueden aumentar el riesgo de hemorragias, por lo que nunca deben iniciarse ni suspenderse por cuenta propia.
Para quienes tienen arritmias existe, además, una familia específica de fármacos antiarrítmicos que apunta a ordenar el ritmo del corazón. Y cuando el cuadro incluye retención de líquido, algo frecuente en insuficiencias cardíacas, entran en juego los diuréticos, que ayudan a eliminar ese exceso y a descongestionar los pulmones y las piernas.
Volví a llamar a mi conocida para contarle todo esto. Le dije que la bolsa de medicamentos que había traído su papá no era un castigo ni un negocio de la industria, sino la forma en que la cardiología intenta cubrir, al mismo tiempo, los varios frentes que pueden hacer fallar al corazón. Me dijo que su viejo venía tomando todo con desconfianza desde el primer día. Ahora, al menos, ya sabe para qué sirve cada caja. Y eso, en un tratamiento crónico, no es un detalle menor: es la diferencia entre cumplirlo de verdad y abandonarlo a las dos semanas.
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