A 25 años del 11-S: cómo se rediseñó la seguridad en los aeropuertos y qué debe tener presente hoy el pasajero
De la creación de la TSA al límite de los 100 mililitros, las medidas que nacieron tras los atentados de 2001 se convirtieron en protocolo global. Una guía con lo que sigue vigente y lo que cambió en las terminales de todo el mundo.
En el calendario de la aviación comercial, el 11 de septiembre de 2001 marca un antes y un después que veinticinco años después todavía define la experiencia de cualquier pasajero en un aeropuerto. Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, ejecutados con aviones comerciales secuestrados, pusieron en evidencia que la seguridad de las terminales era un eslabón crítico y, a la vez, el más débil de la cadena. Lo que ocurrió ese día obligó a gobiernos, reguladores y aerolíneas a replantear de raíz los controles, no solo en Estados Unidos sino en la práctica totalidad de los aeropuertos con tráfico internacional.
El primer movimiento institucional de envergadura llegó en noviembre de 2001, cuando el Congreso estadounidense creó la Administración de Seguridad del Transporte, conocida por su sigla TSA. Hasta entonces, la seguridad de las terminales dependía de empresas privadas contratadas por los propios aeropuertos, un esquema que quedó en el centro de la crítica tras los ataques. La nueva agencia federalizó el personal, incorporó inspectores con uniforme y formación propia y estableció estándares mínimos que luego fueron adoptados, con matices, por Canadá, la Unión Europea, Reino Unido, Australia y buena parte de América Latina.
Del zapato explosivo al líquido de 2006: dos episodios que reescribieron las reglas
El rediseño inicial no terminó con la creación de la TSA. Dos intentos concretos de atentado terminaron de moldear la rutina que hoy reconocen los pasajeros en cualquier control. El primero fue el llamado caso del zapato, cuando un pasajero intentó detonar un explosivo plástico oculto en su calzado durante un vuelo interno en Estados Unidos en diciembre de 2001. A partir de allí, la Administración federalizó el pedido de quitarse los zapatos antes de pasar por el arco detector, una exigencia que con los años se fue relajando en parte de las terminales gracias a los nuevos escáneres corporales, aunque sigue vigente en la mayoría de los aeropuertos internacionales.
El segundo punto de inflexión llegó en agosto de 2006, cuando las autoridades británicas desarticularon un plan para detonar explosivos líquidos a bordo de aviones con destino a Estados Unidos. La respuesta regulatoria fue la conocida regla de los 100 mililitros: desde entonces, los líquidos, geles y aerosoles en el equipaje de mano deben viajar en envases individuales de hasta 100 mililitros, dentro de una bolsa plástica transparente resellable de un litro como máximo. La norma se replicó a nivel global y, con variantes menores, es la que rige hoy en la Argentina.
Qué se puede llevar en cabina y qué quedó fuera de juego
- Líquidos, geles y aerosoles: hasta 100 mililitros por envase, en una bolsa transparente de un litro como máximo.
- Dispositivos electrónicos: laptops, tablets y cámaras deben retirarse de la mochila y colocarse en la bandeja del escáner, salvo en aeropuertos con equipos de última generación que permiten dejarlos dentro del bolso.
- Objetos punzantes o cortantes: tijeras, cutters, navajas y cuchillos pequeños están prohibidos en el equipaje de mano; sólo se admiten en la bodega del avión.
- Calzado: en la mayoría de los aeropuertos internacionales sigue siendo obligatorio quitárselo para pasar el control; en terminales con escáneres avanzados la exigencia se aplica solo a botas o zapatos voluminosos.
- Puerta de la cabina: reforzada y de acceso restringido al personal de vuelo; los pasajeros no pueden acercarse durante el trayecto.
Las puertas de la cabina de pilotaje son, en sí mismas, un capítulo aparte. Tras los ataques de 2001, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos ordenó su refuerzo y luego la norma se extendió a la aviación comercial mundial. Hoy esas puertas son blindadas, permanecen cerradas durante todo el vuelo y sólo la tripulación autorizada puede abrirlas. Las tripulaciones, además, reciben entrenamiento específico para responder ante pasajeros conflictivos o intentos de intrusión, una capacitación que también es herencia directa de los atentados.
La lectura técnica de un analista y qué implica para el viajero
“Estas medidas son el resultado de un proceso acumulativo: cada nueva amenaza obligó a ajustar el protocolo, pero también a buscar un equilibrio entre seguridad y fluidez operativa. Hoy la prioridad es que el pasajero entienda las reglas antes de llegar al mostrador.”Philip Baum, director de la consultora internacional de seguridad aérea Green Light
Para los viajeros, la consecuencia práctica más subestimada es el tiempo. Los controles secundarios por equipaje, los escáneres corporales y la revisión manual de dispositivos pueden extender el paso por el aeropuerto mucho más allá de lo que muchos pasajeros prevén. La recomendación extendida entre los reguladores y las aerolíneas es llegar con al menos tres horas de anticipación para vuelos internacionales y dos horas para vuelos domésticos, con un margen extra en temporada alta o en aeropuertos de gran volumen.
En la Argentina, el Organismo Regulador del Sistema Nacional de Aeropuertos (ORSNA) y la Policía de Seguridad Aeroportuaria aplican un esquema alineado con los estándares internacionales: escáneres corporales en las terminales más transitadas, control de líquidos en cabina con la regla de los 100 mililitros y exigencia de sacar los dispositivos electrónicos y, en muchos casos, el calzado. Aerolíneas Argentinas, como el resto de las compañías que operan en el país, reproduce en sus comunicaciones internas el mismo protocolo, de modo que las diferencias entre aeropuertos locales son menores y responden sobre todo al tipo de equipamiento instalado en cada terminal.
A un cuarto de siglo de los atentados, el resultado es un sistema de seguridad aérea global que es a la vez más riguroso y más rutinario. Para el pasajero argentino que programa un viaje al exterior, la clave está en incorporar esa rutina antes de llegar al mostrador: envases chicos, bolsa transparente, electrónica a la vista, calzado preparado para salir y, sobre todo, tiempo suficiente. Lo que nació como respuesta de emergencia a una tragedia se convirtió, por la fuerza de los hechos, en el procedimiento habitual de la aviación contemporánea.
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