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LUN, 31 AGO 2026
Vida

A metros del Limay, Teresita descubrió en una hilera de almendros una razón para levantarse cada mañana

A los 62 años y después de décadas frente al aula, una profesora de Biología jubilada cultiva almendras artesanales en una hectárea de Plottier. El emprendimiento nació como solución a un lote lleno de malezas y se convirtió en el sostén anímico que la ayudó a atravesar un cáncer durante la pandemia.

CW
Carolina WehbeSociedad · 31 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min

Llegué a Plottier con el termo lleno y el grabador cargado, pero sobre todo con la intuición de que iba a conocer una historia que merecía ser contada con tiempo. El viaje desde la capital neuquina hasta el barrio Piscicultura es corto, apenas unos minutos, aunque parece más largo porque uno va mirando el río Limay correr pegado a la ruta, indiferente a todo. Cuando bajé del auto en la casa de Teresita Peláez, de 62 años, lo primero que vi fue una hilera de almendros perfectamente podados y, detrás, un invernadero nuevo que todavía huele a madera. Ella me recibió con la sonrisa ancha de quien tiene mucho para contar y pocas ganas de perderse en detalles que no vienen al caso.

La historia empieza hace casi veinte años, cuando Teresita compró esta hectárea a metros del río. El terreno estaba cubierto de yuyos y la prioridad fue levantar la vivienda. La pregunta por el resto del espacio quedó flotando un tiempo, hasta que un agujero en el alambrado la obligó a tomar una decisión: si dejaba la tierra sin trabajar, las malezas volvían a ganar la pulseada, y destinar el riego apenas al césped le parecía un disparate. Entonces recordó un almendro que había plantado años antes en otro rincón y se preguntó por qué no animarse a sumar más.

Del alambrado roto al primer cuadro de plantación

Con esa intuición se acercó al Centro PyME de la zona, donde la ingeniera Silvana Moschini la orientó y, según recuerda Teresita con una risa cómplice, terminó de encenderle la llama. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", me dice mientras caminamos entre los árboles. En 2013 plantó los primeros ejemplares justo en el sector donde antes estaba roto el alambrado. Dos años después completó un segundo cuadro de plantación y la cosa empezó a tomar forma seria, aunque todavía conviviéramos con la idea de que esto era, en sus propias palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro".

  • Almendras naturales, sin agregado de sal ni azúcar, listas para consumir como colación o para sumar a preparaciones.
  • Almendras tostadas, que se trabajan en pequeñas tandas para controlar el punto.
  • Almendras garrapiñadas, una de las especialidades más pedidas por los clientes que llegan recomendados.
  • Almendras saladas, pensadas para el picoteo de reuniones y mesas familiares.
  • Harina de almendras, un derivado muy requerido por personas que siguen dietas sin gluten o repostería específica.

Por entonces Teresita todavía daba clases de Biología y el proyecto era una promesa a futuro. Una ventaja práctica pesó desde el primer día: la almendra no es un producto que apure su venta, se puede guardar y vender de a poco, lo que le permitió ir aprendiendo sin que el emprendimiento se volviera una carga extra. Con los años la escala cambió, pero no la lógica artesanal. Hoy la acompaña de manera permanente José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al trabajo cotidiano. "Es muy artesanal", repite Teresita mientras me muestra las almendras ya seleccionadas, como si la frase le sirviera para resumir una filosofía de vida entera.

La pandemia, el cáncer y el invernadero como refugio

Los almendros fueron abriendo otras puertas. Llegaron las colmenas, las plantas aromáticas, la huerta y, durante la pandemia, la construcción de un invernadero propio que hoy ocupa un lugar central en la rutina diaria. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra tomó otra dimensión mucho más profunda: Teresita atravesó un cáncer mientras seguía adelante con el tratamiento médico y encontró en las tareas del invernadero una forma concreta de sostenerse día a día, un motivo para levantarse temprano y poner las manos en la tierra aunque el cuerpo pidiera otra cosa. En la nota que me dicta al pasar, casi sin levantar la mirada de las plantas, lo resume con una frase que me queda resonando: "No sabés lo que es tener algo que te espera". Ahí entendí, mientras el Limay seguía corriendo a pocos metros sin hacer ningún ruido, que esta historia no era solamente la de una jubilada que cosecha almendras, sino la de una mujer que encontró en una hilera de árboles la manera de seguir parándose cada mañana con un proyecto entre las manos.

CW

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