Una película turca de dos horas y media donde lo único que aparece es la noche y la paciencia del espectador
Nuri Bilge Ceylan vuelve a romper la lógica del suspenso con una película que no quiere atraparte por el plot sino por el peso de lo que queda afuera del cuadro. Se puede ver en Filmin.
A esta altura ya sabemos quién es Nuri Bilge Ceylan: el turco que se pasó años haciendo películas en las que pasan tres cosas por hora y, sin embargo, no podés dejar de mirar. Érase una vez en Anatolia (Bir Zamanlar Anadolu'da, para los que gustan del original) es probablemente su punto más alto, o al menos el más insoportable para el espectador apurado. La premisa, por si alguien llega sin el manual: un fiscal, un médico forense y unos policías salen de noche con el asesino y su cómplice a buscar un cuerpo enterrado en las estepas. Los dos sospechosos estaban borrachos al momento del crimen y no se acuerdan dónde cavaron. Fin de la sinopsis cómoda.
Lo que sigue durante casi dos horas y media es una sucesión de autos, faros, polvo, mate turco (no, no toman mate, pero se entiende la idea) y conversaciones que parecen intrascendentes hasta que se te instala la pregunta de fondo: ¿se puede convivir con la muerte todos los días y seguir mirándose a la cara? Ceylan no te lo dice con un plano de esos con aire poético a la francesa. Te lo dice con silencios de tres minutos, con un oficial que pide agua, con un médico forense que habla de su hija mientras un cadáver todavía no aparece.
Un thriller al que se le borró el plot a propósito
El truco, si se lo puede llamar así, es que Ceylan desactiva casi todos los resortes del suspenso tradicional. No hay persecución, no hay giro de último momento, no hay villano con sombrero. La tensión se arma de otra manera: por acumulación. Las conversaciones que parecen banales van sumando peso hasta que te das cuenta de que el paisaje polvoriento no es decorado, es el estado de ánimo. Es como una cena de domingo en casa de tus tíos: al principio te quejás del ruido y de los tiempos, a las dos horas ya estás hablando de cosas que no le contarías a nadie en otra situación.
El director no te regala nada. Ni siquiera acelera cuando aparece la luz de un pueblo a lo lejos, que sería el momento clásico para meter una pausa musical y un destello de esperanza. Ceylan deja que esa luz entre y se quede, como si también ella tuviera que acomodarse al ritmo del relato. Es una película que incomoda al que va buscando aceleración y recompensa al que acepta las condiciones: largas pausas, diálogos sobre yogur y queso en plena búsqueda de un muerto, y un médico forense que en un momento confiesa que ya no duerme bien.
Si te gustan los thrillers donde la trama te lleva de las narices, esta película no es para vos. Si te bancás una propuesta donde lo que pesa es el aire entre las personas y la geografía que las aplasta, sumate sin pensarlo. Mi consejo: prepará un café bien cargado, apagá el celu y dejate llevar por dos horas y media de la Anatolia más negra que el cine europeo recuerde.
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