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SÁB, 10 OCT 2026
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Sonreír, masticar, pensar: lo que la boca dice del resto del cuerpo después de los sesenta

Una revisión internacional detectó que perder más de un diente en la adultez mayor se asocia con un riesgo sensiblemente más alto de deterioro cognitivo y demencia. La buena noticia es que gran parte de la prevención está al alcance de la mano y empieza en la consulta odontológica.

CW
Carolina WehbeSociedad · · lectura 4 min
Sonreír, masticar, pensar: lo que la boca dice del resto del cuerpo después de los sesenta

Eran pasadas las cuatro de la tarde cuando entré al consultorio de la doctora Marta, odontóloga con casi treinta años de atender pacientes en el barrio de Belgrano. Me acomodé en la silla del sillón reclinable, le pedí permiso para mirar y le hice la primera pregunta: por qué, a esta altura de la vida, cuidar la dentadura dejó de ser una cuestión estética para convertirse en un asunto de salud pública. Ella se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz, revisó la historia clínica de su próxima paciente, una mujer de 72 años que llegó con un dolor en la encía que le impedía comer bien desde hacía semanas, y me respondió con una sola frase que se me quedó grabada: "Porque lo que pasa en la boca no se queda en la boca".

La escena sirve como punto de partida para entender lo que acaba de publicar la revista JAMDA, que nuclea a especialistas en geriatría. La revista reunió y comparó los resultados de 14 estudios sobre adultos mayores y llegó a una cifra que llama la atención: quienes habían perdido más de un diente presentaban cerca de un 50 por ciento más de riesgo de deterioro cognitivo y un 28 por ciento más de probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia. Los autores aclararon, con rigor, que se trata de una asociación estadística y no de una relación de causa y efecto comprobada, y que en ese vínculo entran en juego otros factores: la inflamación prolongada, la calidad de la alimentación, el acceso a la atención odontológica y las enfermedades previas que pueda arrastrar cada persona.

Encías inflamadas, un riesgo que excede a los dientes

La inflamación de las encías, lo que técnicamente se conoce como gingivitis, aparece en distintos trabajos vinculada a enfermedades cardiovasculares, pulmonares, obstrucciones en los vasos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares. También en estos casos los investigadores remarcan que no quedó demostrada una causalidad directa, pero la asociación es lo suficientemente firme como para que las guías internacionales recomienden incluir los controles odontológicos dentro del seguimiento médico habitual, sobre todo a partir de los sesenta.

Cuando la gingivitis no se trata, la infección avanza hacia los tejidos que sostienen cada pieza dentaria y puede derivar en periodontitis, una afección que en etapas avanzadas termina con la pérdida de dientes. El problema no termina ahí. La falta de piezas dentales suele tener un impacto social que, a primera vista, parece menor pero pesa: hay personas que dejan de conversar, de sonreír o de sumarse a reuniones porque se sienten incómodas con su dentadura, y ese retraimiento alimenta el aislamiento, que es uno de los grandes enemigos del bienestar en la vejez.

La boca seca merece un párrafo aparte. Es un efecto secundario frecuente de varios medicamentos muy usados por adultos mayores, como algunos antidepresivos o remedios para la presión, y también aparece asociada a diabetes, accidentes cerebrovasculares, alzhéimer y a enfermedades que comprometen al sistema inmune. Sentir la boca áspera, tener dificultad para tragar o notar que la comida perdió gusto no son molestias menores: son señales que conviene conversar con el médico y con el odontólogo para buscar soluciones, porque tratarlas mejora la alimentación y, con ella, el estado general.

Hábitos que están al alcance de la mano

La guía de Harvard Health Publishing que resume estos hallazgos coincide con lo que me contó la doctora Marta mientras esperaba a su próxima paciente. La recomendación central es bastante concreta: cepillarse los dientes al menos dos veces por día con pasta con flúor, usar hilo dental o cepillos interdentales para limpiar los espacios donde el cepillo no llega, mantener una dieta baja en azúcar y concurrir a controles odontológicos periódicos aunque no duela nada. La consulta profesional es clave: distinguir si un dolor de mandíbula viene de bruxismo, de una caries profunda o de un problema articular cambia por completo el tratamiento.

Salí del consultorio con varias cosas en la cabeza, pero la principal fue esta: cuidar la boca después de los sesenta no es un capricho estético ni un trámite más en la agenda. Es, según lo que muestra la evidencia más reciente, una manera concreta de proteger la cabeza entera. Volví a mirar la sala de espera, todavía con la paciente de 72 años esperando su turno, y entendí por qué la odontóloga me había insistido tanto con esa frase del principio. Lo que pasa en la boca, definitivamente, no se queda en la boca.

CW

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