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LUN, 19 OCT 2026
Vida

Roblox no se prohíbe: se entiende

La plataforma cumple veinte años y concentra a millones de chicos argentinos. La divulgadora Julieta Schulkin advierte que el desconocimiento de las familias puede ser más problemático que la propia herramienta y repasa qué mirar antes de dejar entrar a un hijo.

CW
Carolina WehbeSociedad · · lectura 4 min
Roblox no se prohíbe: se entiende

A esta primera vuelta de mi jornada me encuentro con una pregunta que cualquier padre o madre de un chico en edad escolar escuchó alguna vez en el living de su casa: Roblox, sí o no. La respuesta, me temo, no cabe en una frase corta. Y esa es justamente la trampa en la que caen muchas familias, según la periodista y divulgadora Julieta Schulkin, que pasó meses investigando qué ocurre adentro de esa plataforma que este año cumplió dos décadas de vida y sigue siendo uno de los espacios digitales preferidos por chicos y adolescentes.

Voy hasta la nota con la sensación de que ya escuché decenas de veces el nombre Roblox en boca de madres y padres, siempre atravesado por el desconcierto. Pocas veces, en cambio, había escuchado a alguien explicarlo con la profundidad con la que lo hace Schulkin, de 42 años, que acaba de publicar una investigación en la que se propuso correr el velo sobre una herramienta que muchos adultos solamente conocen de oídas.

Lo primero que aclara, y es un punto que cambia todo lo demás, es que Roblox no es un juego. Es, en realidad, una plataforma que aloja más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y por empresas. Cuando un chico se sienta frente a la pantalla, no llega solamente a jugar: llega a encontrarse con otros, a pasar el rato, a ocupar ese rato de ocio que antes se llenaba con una salida a la plaza o con un partido de fútbol en el barrio del abuelo. Esa distinción parece menor y no lo es, porque condiciona cualquier decisión que un adulto tome después.

La economía que los chicos aprenden solos

Hay un costado de Roblox que a los adultos les cuesta dimensionar y que, según Schulkin, es central para entender cómo funciona el mundo que sus hijos habitan adentro de la plataforma. Se trata de la economía interna. La plataforma tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con dinero real. Con esos Robux se accede a ropa y accesorios para el avatar, a mascotas virtuales y a servidores privados, entre otras cosas. Se puede jugar sin pagar un peso, sí, pero quienes tienen Robux o quienes acumulan muchas horas en la plataforma acceden a beneficios que el resto no tiene. Schulkin lo describe como una reproducción bastante literal de la estructura de clases sociales: igual que en la calle, adentro del juego se nota quién invirtió plata y quién no.

“Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien.”Julieta Schulkin, periodista y divulgadora

La advertencia de Schulkin, sin embargo, no es abstracta. Es concreta y vale la pena repetirla porque incomoda: si a un chico se le prohíbe el acceso a Roblox sin más, lo más probable es que migre hacia otra plataforma de diseño similar, una que los adultos probablemente tampoco conocen y que, por lo tanto, tampoco podrán acompañar.

Otro punto que las familias suelen pasar por alto, y que Schulkin subraya en su investigación, es la dimensión social. Los usuarios pueden seguir a otros usuarios, acumular seguidores y armar grupos de amigos. La plataforma, además, recomienda juegos en función de lo que juegan los contactos de cada chico, lo cual la convierte en un ecosistema con lógicas parecidas a las de cualquier red social, aunque sus responsables insistan en diferenciarla. Para un adulto desprevenido, esa dinámica puede pasar desapercibida durante meses.

Entre los riesgos más serios que existen adentro de la plataforma está el grooming, es decir, la posibilidad de que un adulto contacte a un menor con fines de abuso sexual. Es un riesgo real y documentado, no una hipótesis alarmista. Schulkin no propone el rechazo automático, sino la configuración activa: ajustar los controles de privacidad, revisar quién puede chatear con el menor y habilitar las restricciones de contacto. Una buena configuración, dice, es la diferencia entre una preocupación fundada y un sobresalto evitable.

Vuelvo a la escena del principio, a esa pregunta que sobrevuela cualquier reunión familiar en la que hay un chico en edad escolar. La respuesta, me queda claro después de conversar con Schulkin, no es un sí o un no cerrado. Es un depende, pero no en el sentido resignado: depende de cuánto sepamos como adultos sobre lo que nuestros hijos hacen adentro de la pantalla, depende de qué reglas de conversación hayamos construido en casa antes de que cualquier problema aparezca, y depende, sobre todo, de que dejemos de demonizar una herramienta para empezar a entenderla. Prohibir sin comprender, me dijo la divulgadora con una frase que se me quedó pegada, es la forma más rápida de perder a los chicos en un lugar al que ya no podemos acompañarlos.

CW

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