La grasa del abdomen no se va solo con abdominales: qué dice la evidencia y por qué cuesta tanto perderla
Hacer ejercicio y cuidar la alimentación muchas veces alcanza para mejorar el cuerpo, pero la panza suele resistirse. Genética, hormonas, sueño y la lógica con la que el organismo quema grasa explican por qué el abdomen tiene su propio ritmo y qué se puede hacer para acompañarlo.
Lo primero que se ve al cruzar la puerta del consultorio de Mariana, 52, es la mochila que lleva colgada de un hombro y la carpeta con estudios que apoya sobre el escritorio como quien descarga una preocupación. Me dice que viene de hacer la dieta y el gym, que hace abdominales todas las noches y que, sin embargo, la panza no cede. Es una escena que se repite más de lo que parece y que tiene, según lo que muestra la evidencia científica, una explicación fisiológica bastante concreta: el cuerpo no elige de dónde sacar la grasa que usa como energía.
Por qué el abdomen tiene vida propia
La grasa que se acumula en la zona media del cuerpo no es toda igual. Está el tejido subcutáneo, que se ubica justo debajo de la piel y es el que más se ve a simple vista, y el visceral, que envuelve los órganos internos y está asociado a un mayor riesgo cardiovascular y metabólico. Esa distinción importa, porque la manera en que el cuerpo decide movilizar uno u otro depende de la genética, la edad, los cambios hormonales y, también, de la calidad del sueño.
Los ejercicios localizados, como las abdominales, cumplen un rol: fortalecen la musculatura, mejoran la postura y dan tonicidad. Pero no definen de qué zona del cuerpo se pierde grasa. Por eso es perfectamente posible que alguien gane firmeza en el abdomen sin que baje el volumen. La acumulación de grasa visceral responde a variables individuales, y eso explica por qué dos personas con rutinas similares pueden tener resultados muy distintos.
El sueño pesa más de lo que parece
Un estudio de Mayo Clinic citado por el material de base encontró que restringir el sueño se asoció con un aumento del 9% en el área adiposa total del abdomen y del 11% en la grasa visceral, siempre comparado con condiciones controladas. Dormir poco, además, altera los mecanismos del hambre y la saciedad, y eso vuelve mucho más difícil sostener cualquier estrategia alimentaria en el tiempo.
Alimentación y movimiento, pero en simultáneo
Una investigación publicada en JAMA Network Open, que siguió a más de 7.000 adultos durante un promedio de 7,2 años, concluyó que mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física al mismo tiempo se asocia con una menor acumulación de grasa visceral. El grupo que logró mayores mejoras conjuntas registró 149 gramos menos de grasa visceral al final del seguimiento.
La evidencia apunta, entonces, a estrategias que articulen alimentación, movimiento y descanso de manera sostenida. Medir el progreso únicamente por el espejo puede distorsionar la lectura del proceso. Hay otras señales que cuentan una historia más completa:
- La evolución de la fuerza y la resistencia a lo largo de las semanas.
- La continuidad de los hábitos incorporados, más allá de los resultados inmediatos.
- Los cambios en la circunferencia de cintura, un indicador más confiable que la balanza.
- La calidad del sueño, que incide de forma directa en cómo el cuerpo regula el hambre y almacena grasa.
Antes de irme, vuelvo a mirar a Mariana mientras guarda sus estudios en la carpeta. Le digo que la panza no es caprichosa, que tiene su propia lógica, y que el camino más razonable no pasa por hacer más abdominales ni por comer menos, sino por sostener en simultáneo lo que la evidencia viene repitiendo: mejor alimentación, más movimiento y un descanso que el cuerpo aproveche. Es, en definitiva, dejar de pelear contra una zona del cuerpo y empezar a acompañar al organismo entero.
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