Cuando el rencor se queda: lo que le hace al cuerpo vivir pendiente de una ofensa
El cuerpo no distingue entre una amenaza real y el recuerdo reiterado de un agravio. Presión arterial, cortisol, defensas y musculatura responden como si el peligro siguiera delante. Un repaso por los efectos físicos de cargar una bronca durante años y por la mirada de un especialista.
Lo primero que uno ve, cuando se sienta a hablar del tema con el psiquiatra Norberto Abdala, es que el asunto no arranca en la cabeza sino en el cuerpo. El especialista, de 62 años, atiende en su consultorio de Buenos Aires y lo explica sin rodeos: mientras la persona relata una vieja traición laboral que todavía le quema, se le tensan los hombros, se le endurece la mandíbula y la frecuencia cardíaca se le dispara. No hay ningún peligro físico en la sala. Y sin embargo, el organismo de su paciente reacciona como si lo hubiera.
Ahí, en esa escena mínima, se condensa lo que cuenta la literatura médica y lo que confirma Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología: guardar una ofensa sin procesarla no es solo una carga emocional. Es una orden silenciosa que el cuerpo lee como amenaza y a la que responde igual que si el agravio siguiera ocurriendo.
Un sistema de alarma que se traba en encendido
A diferencia de la bronca puntual, que sube con fuerza y se disipa, el rencor implica volver una y otra vez sobre el recuerdo. Con una intensidad que no baja con el paso de los meses ni, muchas veces, de los años. Puede haber nacido de una traición amorosa, de una injusticia en el trabajo, de una ruptura familiar o de un sinsabor que parecía menor y terminó enquistándose.
Ese volver reiterado es lo que mete al cuerpo en un problema serio, porque el sistema de alarma que tenemos para enfrentar peligros reales queda accionado de manera permanente. Y los órganos empiezan a pagar las consecuencias.
Corazón, hormonas, defensas, músculos: los cuatro frentes que se desgastan
- Corazón y arterias: la presión arterial se eleva de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo. Con el tiempo, el riesgo de enfermedad coronaria aumenta.
- Hormonas: el cortisol, la hormona del estrés, se mantiene alto más tiempo del razonable. Eso altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos.
- Defensas: el sistema inmunológico, sometido a una demanda constante, responde peor frente a infecciones y alimenta una inflamación de bajo grado, silenciosa, asociada a enfermedades crónicas de distinto tipo.
- Músculos y estómago: cuello, mandíbula y espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, lo que explica cefaleas tensionales sin causa médica aparente. El eje intestino-cerebro, especialmente sensible al estado emocional, también se resiente y aparecen molestias digestivas.
La fatiga que arrastra una persona cargada de rencor no se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, día y noche, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve y que se estiró hasta volverse crónica.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología
Salgo del consultorio con la sensación de que la consulta dejó una pregunta abierta, de esas que dan vueltas varios días. Abdala, mientras se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz, la deja caer casi al pasar: cuántas veces uno eligió seguir enojándose porque era más fácil que mirar el dolor de verdad. La respuesta, dice, no es científica. Pero a esa altura, mirando cómo se le había distendido la espalda a su paciente al hablar, casi que hacía falta.
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