La fatiga que no se va: cuando el cuerpo queda atrapado en modo alerta y la rutina sigue como si nada
Despertares a las tres de la mañana, frases que se pierden a mitad de camino y una irritación a flor de piel pueden parecer males menores, pero los CDC y dos revisiones científicas recientes los ubican como señales claras de un estrés que ya dejó de ser pasajero. Especialistas consultados por este portal coinciden en que el patrón, más que los síntomas sueltos, es lo que hay que mirar.
A veces uno lo nota en la mesa, cuando alguien cuenta algo y de repente se pierde el hilo y aparece una frase inconclusa que queda flotando en el aire. Otras veces aparece mientras se maneja de vuelta a casa, y aparece esa sensación difusa de que el día fue una carrera de obstáculos que nadie avisó que iba a correr. Lo cierto es que hay una diferencia enorme, aunque a veces cueste verla, entre atravesar una semana pesada y vivir con el cuerpo y la mente operando en alerta permanente, como si el freno de mano del sistema nervioso se hubiera roto y ya no hubiera manera de volver al punto de partida.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, más conocidos por su sigla en inglés CDC, vienen advertir hace tiempo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una merma notoria en la capacidad para tomar decisiones. La trampa es que estos síntomas casi nunca aparecen juntos ni de manera evidente, sino que se presentan dispersos, casi como mensajes sueltos que cuesta juntar en un solo rompecabezas: alguien se despierta a las tres de la mañana sin motivo, se olvida de lo que iba a decir a mitad de una frase o reacciona con una intensidad que él mismo no se reconoce ante una discusión de tránsito o un comentario menor en la oficina.
Lo que dicen los papers más recientes
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology se tomó el trabajo de analizar 45 revisiones y más de 2.000 estudios sobre el tema, y llegó a una conclusión bastante clara: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en lo que hace a la atención, la memoria y las llamadas funciones ejecutas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress fue por el mismo lado y señaló que la exposición prolongada a situaciones de estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, que en criollo es esa capacidad que uno tiene para no saltar como una res ante el primer contratiempo.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. Ahí el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Doane, que es una de las voces de referencia en el tema, lo explica con una imagen bastante gráfica: el cuerpo humano está diseñado para activar una alarma ante un peligro y desactivarla cuando el peligro pasó, pero cuando esa alarma queda encendida las 24 horas el organismo empieza a funcionar con el motor revolucionado, y tarde o temprano algo empieza a fallar. Lo inquietante, según remarcan los especialistas, es que una de las razones por las que este cuadro pasa tan desapercibido es que la continuidad de la rutina suele actuar como una señal engañosa: alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, respondiendo mensajes al instante y cumpliendo con cada compromiso, aunque por dentro esté conviviendo con un sueño cada vez más fragmentado y una tolerancia a la frustración que se viene achicando día a día.
Señales que, juntas, cuentan una historia
- Despertares nocturnos sin motivo aparente, sobre todo en la madrugada.
- Dificultad para mantener el hilo de una conversación o para encontrar la palabra justa.
- Irritabilidad creciente ante contratiempos que antes se resolvían sin problema.
- Sensación de cansancio que no se va ni siquiera después de un fin de semana de descanso.
- Olvidos frecuentes de tareas cotidianas o compromisos asumidos.
- Necesidad de estar permanentemente conectado, como si bajar la guardia fuera una amenaza.
En los últimos tiempos empezó a circular en distintos espacios de bienestar un concepto que, aunque no es un diagnóstico clínico formal, ayuda a ordenar lo que está pasando: el llamado modo supervivencia, que no es otra cosa que este estado de alerta sostenido del que vienen hablando los especialistas. Como me dijo una vez una médica clínica de 52 años con la que charlé largo y tendido sobre el tema, lo importante no es la etiqueta, sino el patrón: dormir cada vez peor, sentir que la energía no alcanza para nada, reaccionar cada vez con menos margen y empezar a perder la paciencia con personas o situaciones que antes no nos movían el amperímetro. Cuando eso se vuelve la regla y no la excepción, agregó, hay que tomárselo en serio, porque el cuerpo y la mente tarde o temprano pasan la factura, y la suelen pasar con intereses.
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