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VIE, 28 AGO 2026
Vida

28 años fabricando a mano el calzado con el que Buenos Aires sale a bailar

En un local taller de la calle Suipacha, Antonio Ávalos perpetúa un oficio heredado de su padre y produce unos 50 pares por semana para tangueros, bailarines de bachata y roqueros.

CW
Carolina WehbeSociedad · 28 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min

Lo primero que uno ve al cruzar la puerta de Todo Tango Shoes, en la calle Suipacha, a metros del obelisco porteño, no es un mostrador ni una caja: es una hilera de hormas de madera colgadas de la pared, todas usadas, gastadas por el roce de tantos cueros y de tantos pies que imaginarse a alguien bailando sobre ellas resulta casi inevitable. Detrás de esas hormas aparece Antonio Ávalos, 46 años, con las manos todavía manchadas de pegamento y una paciencia que parece heredada de otra época. Llego al local después de caminar varias cuadras por el microcentro, esquivando vendedores ambulantes y oficinas que están cerrando, y lo encuentro recibiéndome como si me conociera de toda la vida: con un café servido en un vaso de plástico y la historia ya puesta en marcha.

Ávalos lleva 28 años fabricando calzado de tango en ese mismo lugar. Empezó a los 18, al lado de su padre Eugenio, un modelista que en su época representó a Christian Dior en la Argentina y que llegó a hacer zapatos de taco aguja para mujeres que todavía iban a trabajar con ellos puestos. Cuando Antonio era chico, la plata en la casa no sobraba y las zapatillas que le gustaban quedaban fuera de su alcance. Entonces su viejo le enseñó a fabricarlas él mismo. Ese aprendizaje de la infancia se transformó en un oficio y, con los años, en un negocio familiar que hoy comparte con su mujer Analía, que se ocupa de las ventas, y con su hijo Tobías, 24, que ya se mueve en el taller con la misma naturalidad con la que él se movió alguna vez.

Un oficio que se piensa sobre la horma

El proceso, me explica Ávalos mientras me muestra el taller, no empieza en una hoja de papel. Empieza en la horma, esa pieza de madera con forma de pie sobre la que se construye el zapato. Él dibuja directo sobre la madera, marca los trazos y arma un primer prototipo en talle 37 que después coloca en la vidriera del local, como una suerte de embudo silencioso: si el modelo funciona, quienes pasan o entran lo van diciendo con la mirada. Si la prueba supera ese examen callejero, un escalista se ocupa de ajustar los moldes a toda la numeración y el calzado recorre las etapas de corte, aparado, armado, colocación de suela y terminación. Entre todos los pasos, el taller produce alrededor de 50 pares por semana.

Lo que más me sorprende, mientras lo escucho, es que nada en un zapato de tango es decorativo. La altura del taco, me dice Ávalos, puede moverse entre los 5,5 y los 9 centímetros según el cliente, pero esa elección nunca es un capricho: es una decisión técnica que define cómo va a caer el peso del cuerpo, cómo va a girar el bailarín y si va a poder deslizarse sin tropezarse.

“No podés poner un taco de 7 centímetros en una horma de 9, porque te va a caer mal. El zapato pisa chueco, ya sea en la punta o en el talón.”Antonio Ávalos, fabricante de calzado de tango

Suelas, tacos y la lógica de cada pista

  • Suela de cromo: pensada para pisos pulidos, no resbala pero sí permite un deslizamiento controlado. Es la opción clásica para milongas y escenarios.
  • Suela de cuero: más versátil, se adapta a cualquier superficie. Fue la elegida cuando el tango empezó a bailarse en plazas durante la pandemia.
  • Zapatillas de tango: derivadas del calzado de jazz, llevan suela de cromo en lugar de goma y son habituales en prácticas y encuentros informales.

El taller, sin embargo, no se queda solo en el tango. En la recorrida veo también modelos pensados para bachata, con varias tiras cruzadas sobre el empeine y un taco chupete que cambia la postura del pie, y otros para rock, con una identidad estética bien distinta. Los materiales que entran al local llegan desde lugares tan disímiles como China y Brasil: cueros, telas, billoné, glitter, charol y todo tipo de estampados. Ávalos me confiesa que evita el cuero ecológico porque, dice, tiene un vencimiento que el cuero tradicional no tiene, y a la hora de fabricar un zapato que tiene que bancar años de pista, esa diferencia pesa.

Cuando me voy de Todo Tango Shoes vuelvo a pasar la mirada por las hormas de la pared y por ese prototipo de talle 37 que sigue clavado en la vidriera, esperando el veredicto de los transeúntes. Pienso que, en una ciudad que parece condenada a reinventarse cada pocos años, todavía quedan lugares donde lo que se hace a mano se transmite de padre a hijo, de horma en horma, de taco en taco. Me llevo esa imagen conmigo mientras la calle Suipacha vuelve a tragarse el ruido del microcentro y yo me pierdo, otra vez, entre el gentío de Buenos Aires.

CW

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