¿Un pueblo solo de gauchos? Areco se reinventa con talleres de autor y una galería al aire libre
A 113 kilómetros de Buenos Aires, plateros con cuatro décadas en el oficio conviven con joyeras formadas en la India y diseñadores textiles que vinieron desde Japón. Cómo es el circuito, qué se consigue y cuánto sale ir.
¿Te imaginás San Antonio de Areco como algo más que gauchos, pulperías y el eco literario de Don Segundo Sombra? Resulta que detrás de esa postal que todos tenemos en la cabeza hay un ecosistema artesanal que crece en silencio: joyeros de autor, diseñadores textiles y artesanos con currículums internacionales trabajan en distintos rincones del pueblo, muchos en casas que también funcionan como showroom. Es decir, el living de su casa es la vidriera. Y ahora se suma una galería de arte a cielo abierto para completar la oferta.
Cuatro décadas en el taller: la estirpe de los Draghi
Juan Patricio Draghi lleva más de cuarenta años en el oficio. Su padre abrió una joyería en el pueblo en los años cincuenta y fue sumando la platería a través de distintos aprendizajes, casi como quien suma cursos hasta dominar un idioma. Juan Patricio entró al taller a los doce años; hoy, uno de sus hijos también trabaja allí. La transmisión del saber de padre a hijo, en criollo: el oficio se hereda en la mesa, viendo al grande trabajar.
“En el mercado uno puede encontrarse con un producto similar al que uno hace. Para un comprador no experimentado puede resultar lo mismo un producto fabricado en India o China, que saca 30 por minuto de una cinta transportadora, y otro que a mí me lleva una semana de trabajo.”Juan Patricio Draghi, platero y joyero de Areco
Para Draghi la diferencia no está solo en la técnica sino en la identidad, una palabra que repite como un mantra: uno quiere que la pieza terminada tenga tu impronta, tu firma invisible. Su reflexión sirve como mapa para entender todo el circuito: en un mundo donde cualquier cosa se produce en serie, lo hecho a mano se vuelve un acto de resistencia.
Formación afuera, raíces adentro
A pocas cuadras trabaja María Belén Draghi, hija del platero y maestro soguero Raúl Draghi. Ella se formó en joyería de autor en la India, Ecuador y otros destinos, y volvió al taller paterno con una mirada propia y una especialización en piedras y esmaltes. La plata, dice, es el metal más bonito del planeta. Y defiende algo que suena a declaración de principios en tiempos de producción masiva: la gente, pese al avance de la tecnología, en algún punto va a seguir buscando el detalle, la imperfección, la manito y el alma detrás de las cosas. Es como comprar un pan de panadería en vez del de pan industrial: el sabor cambia aunque los ingredientes parezcan los mismos.
Del Japón a la pampa: estampado con acento gaucho
Mica Suide llegó a Areco en 2021 y desde entonces trabaja estampado textil bajo la marca Agave. Con antecedentes en Japón y una fascinación por las prendas gauchescas que descubrió durante las fiestas de la Tradición, incorporó boinas, pantalones gauchescos y alpargatas a su línea, que se elabora principalmente con algodón y lino. Para Suide, con el tiempo será cada vez más valioso comprarse una prenda y verla pintada a mano, hasta con una mancha incluida. La idea es simple: la huella del artesano deja de ser un defecto y pasa a ser el certificado de autenticidad.
- Qué se consigue: platería tradicional, joyería de autor con piedras y esmaltes, prendas textiles estampadas a mano con motivos gauchescos y una galería de arte a cielo abierto.
- Cómo es el circuito: talleres-showroom donde se puede ver al artesano trabajar y comprar directo, sin intermediarios ni vidriera de shopping.
- Cuánto sale ir: pasajes en bus desde 14.000 pesos desde Buenos Aires y hotel cuatro estrellas desde 229.000 pesos la noche.
- A qué distancia queda: 113 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, accesible para una escapada de fin de semana.
¿Qué cambia para el usuario común? Sencillo: el que viaja a Areco hoy no va solo a sacarse una foto con un gaucho ni a comer un asado. Va con la chance de volver a casa con una remera pintada a mano por alguien que vino de Japón, con un anillo que tardó una semana en salir de un taller o con un par de boinas únicas. La gauchesca sigue intacta, pero ahora convive con una movida de diseño que pide ser descubierta. Para quienes vivimos a menos de dos horas de la Capital, es una de esas escapadas que justifican el viaje corto: lo que se trae de vuelta no se fabrica en una cinta transportadora.
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