Un hombro roto, una cooperativa en juicio: la Justicia de Neuquén le dio la razón al operario que quedó en la calle
Después de más de diez años embalando fruta, se lesionó trabajando y la empresa le dijo que no tenía dónde reubicarlo. Cuatro testigos, un juez y una Cámara coincidieron: no alcanza con decirlo, hay que probarlo.
Todavía me acuerdo del primer telegrama que me mostraron en el estudio, ese papelito amarillo que llega cuando ya no queda otra. Me lo acercó Hugo, 49 años, embalador de fruta en una cooperativa neuquina durante más de una década, y me dijo con una mezcla de bronca y cansancio: yo no me quise ir, me echaron sin echarme. Lo que sigue es la historia de un hombro derecho que se rompió en pleno galpón, de una empresa que dijo no tener lugar para él y de una Justicia laboral que, cuatro años después, terminó condenando a esa cooperativa por no hacerse cargo de lo suyo.
Hugo entró a la cooperativa en enero de 2011 como embalador de primera categoría. Armaba cajas, las cargaba con peras y manzanas, las movía de un lado al otro del galpón de empaque. En esos más de diez años no acumuló sanciones ni llamados de atención: era un laburante más, de los que se levantan temprano y vuelven cuando ya oscureció. Hasta que un día de agosto de 2021, en medio de la temporada fuerte, el hombro le dijo basta.
La lesión, el alta con restricciones y la negativa de la empresa
La ART se hizo cargo del tratamiento durante ocho meses. En abril de 2022 le dieron el alta médica, pero con una condición clara: solo podía volver al trabajo si le asignaban tareas adecuadas a su lesión, porque levantar cajas quedaba directamente fuera de discusión. Con ese papel en la mano, Hugo mandó un telegrama a la cooperativa pidiendo reincorporarse. La respuesta le llegó por carta documento: la empresa reconoció la restricción pero sostuvo que no tenía ningún puesto disponible que se ajustara a esa limitación.
Hugo volvió a escribir. Esta vez incluso les detalló en qué sectores del galpón podía desempeñarse. La respuesta fue, otra vez, la misma. Ante ese panorama, se consideró despedido en forma indirecta, una figura legal que existe justamente para esto: cuando el empleado entiende que la empresa no le dejó otra salida que cortar el vínculo por su cuenta. Hugo, 49 años, quedó en la calle con un hombro a medio arreglar y una indemnización en disputa.
Lo que declararon los compañeros en el juicio
En el juicio oral declararon seis compañeros de Hugo. Lo que contaron fue clave, porque describieron tareas concretas que se hacían todos los días en el galpón sin necesidad de levantar peso:
- El sellado de etiquetas sobre las cajas ya armadas.
- El fichado de cajas con engrudo, una tarea fina y repetitiva.
- El colgado de cajas en el sector conocido como “el aéreo”, donde la fruta viaja por un sistema suspendido sin que nadie tenga que cargarla encima.
Varios de esos testigos coincidieron en algo todavía más importante: cuando alguien se lastimaba o no podía cargar peso, la cooperativa solía reubicarlo en esas mismas funciones. Uno de ellos aseguró, sin dudar, que al menos cuatro embaladores habían sido pasados a otros sectores en situaciones parecidas. Es decir, no era la primera vez que la empresa resolvía un problema como el de Hugo.
Lo que dijo el juez y lo que confirmó la Cámara
El juez Luis Trani, del Juzgado Laboral N°3 de Neuquén, valoró esos testimonios como “coherentes, ordenados y concordantes” y llegó a una conclusión que a Hugo le cambió la historia: la cooperativa tenía posibilidades reales de reubicarlo y eligió no hacerlo. El magistrado además recordó un principio central en estos casos, que muchas veces se olvida del lado de las empresas:
“Cuando una empresa alega que no tiene puesto disponible para alguien con limitaciones de salud, es ella la que tiene que probarlo. La cooperativa no lo hizo.”Criterio del juez Luis Trani, Juzgado Laboral N°3 de Neuquén
La Cámara de Apelaciones terminó confirmando ese fallo. La indemnización quedó fijada en 676.751 pesos más intereses calculados desde 2022, un monto que, como me reconoció Hugo entre mate y mate, está muy por debajo de lo que él esperaba cobrar tras más de diez años de aporte, aunque le sirve, al menos, para cerrar una herida que la cooperativa se negó a cerrarle cuando todavía estaba a tiempo.
Vuelvo a pensar en Hugo mostrándome aquel telegrama amarillo y me queda una sensación que aparece cada vez que cubro un juicio laboral: la Justicia argentina es lenta, es laberíntica y a veces parece llegar tarde, pero cuando llega y se pone del lado del laburante, duele de otra manera. Es el tipo de fallo que no devuelve un hombro sano ni los meses sin ingresos, pero al menos le dice a un hombre de 49 años que, durante más de una década, no le mintió a nadie cuando dijo que quería seguir trabajando.
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