Tormentas relámpago y suelos exhaustos: la fórmula neuquina que preocupa a quienes viven pegados al agua
La provincia publicó una guía concreta para familias ribereñas: dónde evacuar, a quién ayudar primero y qué llevar en el bolso antes de que el cielo se vuelva a descargar en minutos.
Llegué a la Secretaría de Emergencia y Gestión de Riesgo de Neuquén con la sensación de que algo había cambiado en el aire. No era una metáfora: las tormentas convectivas que Luciana Ortiz Luna, de 52 años, me describió mientras acomodaba unos mapas sobre la mesa, son esas que se arman en minutos, descargan un diluvio en un puñado de hectáreas y se van dejando el tendido eléctrico por el suelo. Lo que antes parecía un fenómeno excepcional empieza a repetirse, y la provincia decidió salir a dar la cara con recomendaciones puntuales para familias que viven a la vera de ríos, arroyos, cañadones o simples zonas bajas. La advertencia es tan clara como preocupante: los terrenos están saturados, los cauces que llevaban años secos pueden reactivarse de un momento a otro, y una tormenta que cae lejos puede provocar la crecida que inunda una casa a varios kilómetros de distancia.
Tres patas de la prevención, según la provincia
Antes de que el agua llegue, la primera tarea es conocer de memoria las vías de evacuación del barrio o la localidad. Parece de manual, pero Ortiz Luna insiste en que es el paso que casi nadie tiene resuelto cuando suena la alerta. La segunda pata es identificar con tiempo a las personas del entorno que van a necesitar una mano para salir: pacientes con enfermedades crónicas, adultos mayores o vecinos con movilidad reducida. Y la tercera, el famoso kit de emergencia, que en el norte de la Patagonia tiene sus particularidades.
- Documentación personal guardada en un lugar accesible y, a poder ser, dentro de una bolsa impermeable.
- Agua potable en reserva suficiente para al menos las primeras 24 horas, porque las emergencias suelen afectar el sistema de abastecimiento.
- Alimentos no perecederos, listos para consumir, y una linterna con pilas de repuesto.
- Lo necesario para cortar la luz de manera segura y para pasar un corte prolongado sin perder medicamentos refrigerados.
- En zonas rurales o de acceso difícil, identificar los puntos de encuentro y los centros de evacuación que define cada municipio, ya que la aislación puede prolongarse varios días.
Regreso al mapa desplegado sobre la mesa y Ortiz Luna me señala, con un marcador, lo que más le preocupa: los antiguos lechos fluviales que durante la sequía parecían un recuerdo geológico y que ahora, con el perfil de suelo cambiado, pueden volver a recibir caudales importantes sin aviso. Esa es la trampa. Un sector que ayer era un lote tranquilo, hoy puede ser el de una crecida que arrancó lejos, en otra cuenca. Por eso el pedido -o conservar lo que aprendimos- termina siendo casi filosófico: en un territorio donde el patrón de lluvias se rompió, la prevención dejó de ser opcional y pasó a ser la única manera sensata de dormir tranquila cuando el cielo empieza a cerrarse.
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