Mover el cuerpo también puede mover la libido, pero ojo con pasarse de rosca
La fisioterapeuta Erika Lydon explica por qué la actividad física moderada ayuda a la vida sexual y por qué el entrenamiento sin descanso ni comida suficiente puede jugar en contra del deseo. Una guía para empezar sin frustraciones.
Eran cerca de las diez de la mañana cuando me senté a charlar con Erika Lydon, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico, y enseguida me quedó claro que la conversación iba a correr por dos carriles: el de lo que el ejercicio bien dosificado puede hacer por la vida sexual y el de lo que pasa cuando uno se obsesiona con entrenar y se olvida de dormir, de comer y de frenar un poco. La especialista, que en estos temas lleva años viendo pacientes y leyendo estudios, me lo dijo con una frase que me quedó dando vueltas: el movimiento puede ser un gran aliado del deseo, pero también puede volverse un enemigo silencioso si no se sostiene en el tiempo o si se hace a costa del descanso y de la mesa servida.
Por qué moverse puede mejorar la vida sexual
Hay al menos tres puertas por las que el ejercicio entra a la sexualidad, y las tres las resume Lydon con bastante claridad. La primera es la circulación. El trabajo aeróbico, el que le pide al corazón y a los pulmones un esfuerzo sostenido, mejora los vasos sanguíneos y facilita que la sangre llegue a los órganos sexuales. Esa llegada importa, y mucho, porque está detrás de la erección en los varones y de la excitación y la función sexual en las mujeres. La segunda puerta es el descanso. Dormir mejor, sentirse menos estresado, son cambios que pueden aparecer antes de lo que uno imagina si la rutina de movimiento está bien armada. Y la tercera es el humor y las hormonas: el entrenamiento de fuerza, según me explicó Erika, colabora con procesos vinculados con la energía, el estrés y el llamado equilibrio hormonal, un combo que también pesa en el deseo.
Como referencia general, para la mayoría de la gente, Lydon propone reunir 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado o 75 minutos de actividad intensa por semana, más dos días de fuerza. La aclaración es importante porque en estos temas suelen circularse promesas exageradas: esa pauta apunta a la salud general, no es un tratamiento para el bajo deseo ni garantiza que la libido vaya a cambiar. La salud de cada uno y el estado emocional de cada uno también pintan, y pesan.
Por dónde empezar, según la especialista
Antes de lanzarse a una rutina exigente, conviene atenderse. Lydon recomienda consultar a un profesional de la salud o a un fisioterapeuta de suelo pélvico si aparece dolor o si preocupa el desempeño sexual, porque esa musculatura sostiene estructuras de la pelvis y participa en la función sexual, pero no siempre necesita fortalecerse. A veces, incluso, necesita aprender a relajarse.
- Elegir una actividad que resulte agradable y que sea posible de sostener en el tiempo, antes que la más intensa del gym.
- Empezar con caminatas de 15 minutos e ir subiendo el esfuerzo de manera gradual, sin saltos que el cuerpo termine pagando.
- Cumplir la pauta general de 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado o 75 intensos por semana, más dos jornadas de fuerza.
- Consultar a un profesional si hay dolor o si preocupa el desempeño sexual, sobre todo antes de sumar trabajo específico de suelo pélvico.
- Evaluar de manera individual los ejercicios de Kegel: pueden servir en algunos casos y aumentar la tensión en otros.
- Asegurar descanso y alimentación suficiente: entrenar demasiado sin recuperar ni comer bien puede afectar el deseo.
La advertencia sobre el suelo pélvico y el exceso
Ahí aparece el punto más delicado de la charla y el que más me llamó la atención. Los ejercicios de Kegel, esos que mucha gente asocia automáticamente con mejorar la vida sexual, pueden servir en algunos casos pero también pueden aumentar la tensión en otros. Si los músculos del suelo pélvico permanecen contraídos o tienen dificultades para relajarse, las relaciones pueden volverse dolorosas, algo que Lydon ve seguido en el consultorio y que se comenta en las notas de bienestar. Por eso insiste con algo que repite cada vez que puede: la atención tiene que ser individual, no una receta copiada de una revista o de un video de internet.
Y hay otro llamado de atención que me parece clave, sobre todo para quienes llevan meses entrenando duro y notan que algo cambió en el deseo. Entrenar demasiado, sin alimentarse adecuadamente ni recuperarse lo suficiente, puede afectar la libido. El cuerpo, me dijo Erika con una sonrisa cansada, no distingue entre el esfuerzo del gym y el de una exigencia mal llevada: si la balanza se inclina hacia el estrés y el gasto sin reposición, el interés sexual suele ser uno de los primeros en ajustar.
“El movimiento puede ser un gran aliado del deseo, pero también puede volverse un enemigo silencioso si se hace a costa del descanso y de la comida.”Erika Lydon, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico
Antes de cortar la charla le pregunté qué le diría a alguien que lleva meses sin moverse y quiere empezar mañana. Me respondió algo que resume bastante bien toda la conversación: empezar por algo que se pueda sostener, ir subiendo de a poco y no confundir intensidad con constancia. Muchas mejoras, me dijo, como dormir mejor o sentirse menos estresado, aparecen antes de lo que uno espera; otras, como los cambios en la vida sexual, llevan más tiempo y dependen de cada cuerpo. Salí de la nota pensando que, otra vez, la fórmula razonable termina siendo la más razonable: moverse un poco cada día, comer bien, dormir a horario y, si algo duele o preocupa, consultar en vez de automedicarse con rutinas ajenas. La libido, como la salud, casi siempre agradece la paciencia.
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