La mano que alcanza: por qué el contacto físico puede aliviar el miedo y la angustia
Una caricia, un apretón de manos o un abrazo activan circuitos del sistema nervioso vinculados con la calma. La neurocientífica Paula Salamone repasó cómo funciona ese intercambio, qué papel cumple el autocontacto y por qué la cultura cambia la forma de vincularse cuerpo a cuerpo.
Yo vi esa escena mil veces y nunca la había pensado con este detalle: una nena de unos seis años, en la sala de espera de un consultorio, le toma la mano a su madre antes de que le apliquen una vacuna. La chica tiembla, mira al techo, respira rápido, y de golpe, cuando los dedos de la grande le cubren los suyos, algo del cuerpo se afloja. El llanto todavía puede venir, pero el temblor cede. Es un movimiento chiquito, casi doméstico, y sin embargo ahí, en esa mano que se cruza con otra mano, está pasando algo que la neurociencia viene estudiando con bastante seriedad: el contacto físico puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad.
Para entender cómo opera ese cruce de piel y de emoción viajé hasta el barrio de Palermo, donde la doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, de 47 años, me recibió en su oficina rodeada de papers y de un pizarrón lleno de flechas. Salamone es una de las investigadoras que en la Argentina indaga cómo los estímulos que llegan a la piel terminan modificando la actividad cerebral, la médula espinal y las respuestas del resto del organismo. Su planteo es sencillo de explicar y profundo de pensarlo: tocar y ser tocado no es un gesto decorativo, sino una vía directa de regulación emocional.
Por qué una mano calma más que un pensamiento
Salamone me contó que el efecto se observa con nitidez en los chicos. Cuando un niño toma la mano de un adulto, explicó la especialista, se activa todo un circuito vinculado con la reducción del temor. Esa pesquisa, dijo, está bastante documentada en la literatura científica y muestra cómo el contacto opera como una especie de ancla sensorial. La mano del grande no borra el miedo, pero lo hace más llevadero.
La explicación pasa por el sistema nervioso. Recibir una caricia, un abrazo o un masaje pone en marcha respuestas fisiológicas asociadas con la relajación y modula la manera en que el cuerpo procesa el estrés. No es una metáfora ni una frase hecha: hay reacciones mensurables. Y por eso, me dijo Salamone, una caricia puede terminar siendo un recurso tan concreto como cualquier otro que se le ofrezca a alguien que está pasando un momento de angustia.
Cuando uno se toca a sí mismo
Hay un segundo nivel, más sutil, que también aparece en la charla. Muchas personas, cuando están nerviosas o tienen que pensar algo difícil, se tocan el pelo, se acarician la barba o se frotan las manos. Salamone lo describe como una forma de autocontacto: un gesto que cada uno se dirige a sí mismo para intentar regular lo que siente. Pero aquí viene un punto clave, y ella lo subraya con énfasis: el cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera. Tocarse uno mismo no produce el mismo efecto que recibir el contacto de otro. La piel registra el origen del movimiento, y esa marca cambia la respuesta.
Las cosquillas, el juego y la sorpresa
Las cosquillas sirven para entender esa diferencia. Si uno intenta hacerse cosquillas solo, el cerebro anticipa el lugar, el momento y la forma del contacto, y eso atenúa la sorpresa. Cuando lo hace otro, queda un margen de incertidumbre que la especialista vincula con el intercambio social. Las cosquillas, me explicó Salamone, forman parte del juego y de la relación con el otro. Y otra vez aparece la misma idea: el cuerpo no registra el estímulo de la misma manera cuando uno se toca que cuando lo tocan.
La cultura entra en la distancia
La conversación con Salamone me llevó también a un terreno que yo no tenía previsto: la cultura. Ella me contó que durante su trabajo de investigación en Suecia, charlar con un colega a tres metros de distancia era algo de lo más habitual. La distancia, dijo, no implica que haya más o menos emoción, sino otra manera de expresarla y de vincularse. Las costumbres de cada sociedad marcan cuánta cercanía corporal se tolera, se busca o se espera, y eso reconfigura el significado de un abrazo, de un apretón de manos o de un beso en la mejilla. En la Argentina, explicó, el contacto está mucho más presente en la vida cotidiana, y eso se nota tanto en las reuniones familiares como en los encuentros de trabajo.
El cuerpo, la pandemia y el tango
Salamone integra además el equipo Tango-i Lab, donde se estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, una experiencia en la que la persona siente su cuerpo como ajeno o irreal. El grupo también se preguntó si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó marcas posteriores, una pregunta de investigación que todavía está abierta. Lo que sí aparece como hipótesis es que el tacto cumple un rol en la percepción del propio cuerpo, y que su ausencia prolongada puede alterar esa sensación de pertenencia.
Antes de irme le hice la pregunta que me había quedado dando vueltas desde la sala de espera del principio: qué lugar tiene el contacto en la vida de los adultos. Salamone me respondió sin rodeos que el mismo que tiene en la infancia. Una mano, una caricia, un abrazo pueden ser parte del acompañamiento cotidiano, y a veces hacen un trabajo que ninguna palabra termina de lograr. Salí a la calle pensando en la nena de la sala de espera, en su mano agarrada a la de su madre, y en lo mucho que la neurociencia todavía tiene para decir sobre algo tan chico y tan enorme como dejarse tocar.
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