Jim Henson y la pregunta que sigue abierta: ¿sirve todavía criar adultos sin matar al niño que llevan adentro?
El creador de los Muppets murió hace 35 años con 53, pero su forma de entender el humor, el absurdo y la ternura sigue incomodando a la televisión actual. Un repaso por su método y por lo que dejó pendiente.
A los 17 años, Jim Henson se subió a un escenario con un títere. El programa duró tres semanas en cartel. Tres semanas, sí. Si eso te parece un fracaso estrepitoso, te cuento el final de la historia: ese pibe terminó creando los Muppets, Barrio Sésamo y Fraggle Rock, tres de las cosas más importantes que le pasaron a la televisión infantil (y, de paso, a la de los grandes que fingían mirar a los chicos por compromiso).
El arranque fue tan modesto como un kiosco de pueblo. Junto a Jane Nebel, su futura esposa, armó Sam and Friends, un show de títeres para un canal local. Nada demasiado épico, al menos en apariencia. Pero ahí empezaron a aparecer las criaturas que después serían famosas en todo el mundo: la rana Gustavo, el cerdo que después adoptaría un nombre pegadizo, un puñado de personajes que no se parecían a nada de lo que existía en la tele de (perdoná, se me escapó: digo de esa época).
Un método que se entiende Mejor con un sánguche que con un manual
Henson no tenía una cátedra, pero tenía una regla que repetía hasta el cansancio: los personajes interesantes tienen un rasgo que se puede exagerar. Lo dijo él, textual: Los personajes más interesantes que he creado tienen una fijación o un rasgo que podés exagerar. En lo que exagerás, se vuelve divertido y la gente ve ese rasgo en sí mismos.
“Los personajes más interesantes que he creado tienen una fijación o un rasgo que podés exagerar. En lo que exagerás, se vuelve divertido y la gente ve ese rasgo en sí mismos.”Jim Henson
Piensen en cualquier persona que conozcan. Siempre hay un rasgo que se puede estirar hasta que se vuelve gracioso. Alguien que es obsesivo con el orden, alguien que no para de hablar, alguien que se enamora de inmediato de cualquier persona nueva. La fórmula de Henson era básicamente eso: agarrar ese rasgo, tirarlo al absurdo y dejar que el público se riera de sí mismo sin sentirse atacado. Como cuando un amigo te gasta una broma sobre algo que vos mismo ya sabés que es cierto.
El absurdo como atajo honesto hacia la realidad
Hay una idea que Henson repetía y que a mí, personalmente, me parece de lo mejor que dijo sobre el oficio: Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca. Suena a frase de libro, pero pensemos un segundo. Llevar la vida a una abstracción reconocible. Eso es exactamente lo que hace un buen chiste en una cena familiar: lleva algo cotidiano, lo deforma un poco y el resto de la mesa asiente porque se vio reflejado. La diferencia es que Henson hacía eso con marionetas, durante media hora, y los martes a las siete de la tarde.
Cuando murió, en mayo de 1990, tenía 53 años y una carrera en marcha. Una infección bacteriana le provocó un choque tóxico y se llevó a uno de los tipos que más entendió cómo se le habla a la infancia sin tratarla como si fuera tonta. Eso último no es menor. Tratar a los chicos como si fueran medio bobos es una costumbre muy instalada en la tele. Henson no caía nunca en eso.
Lo que sigue pendiente
Hoy los Muppets son propiedad de Disney, se hacen películas cada cierta cantidad de años y todo eso funciona más o menos bien. Pero la pregunta que dejó abierta su trayectoria es la siguiente: en la televisión actual, con sus públicos segmentados, sus algoritmos y su tendencia a confundir ternura con ñoñería, ¿queda aire para algo que combine humor absurdo y corazón sin terminar sonando a manual de autoayuda? No tengo la respuesta. Sospecho que el propio Henson, si levantara la cabeza, miraría la tele actual un rato, se rascaría la nuca y diría algo así como: hay que probar, muchachos. Y probablemente tuviera razón.
Recomendación sin vueltas: si tienen chicos, o si fueron chicos alguna vez (que incluye a todos),dense el gusto de ver un capítulo de Barrio Sésamo o un especial de los Muppets sin la pantalla del celu al lado. Duran media hora y rinden como una siesta, pero mejor.
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