El arte de decir que no: por qué nos cuesta tanto y qué pasa cuando aprendemos a hacerlo
La dificultad para poner límites deja un tendal de ansiedad, resentimiento y síntomas físicos. Tampoco sirve el camino inverso: el que no tolera el no del otro también paga su costo. La buena noticia es que se trata de algo que se construye y, por lo tanto, se puede deconstruir.
Lo vi por primera vez en una consulta, hace ya varios años, cuando una mujer de unos 45 años me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo, casi en un susurro, que no sabía cómo decirle que no a su madre sin sentir que la estaba traicionando. Aquella escena se me quedó grabada porque resumía, sin querer, algo que aparece una y otra vez en el consultorio: la enorme dificultad que tenemos muchos para poner un límite sin que aparezca la culpa, el miedo o la sensación de estar rompiendo algo irrompible. Y lo cierto es que esa escena se repite, con distintos rostros y distintas edades, mucho más de lo que uno quisiera admitir.
Cuando empecé a investigar para escribir esta nota, lo hice pensando en aquel recuerdo y en cuántas veces, en conversaciones con amigos, conocidos y lectores, escuché variantes de la misma queja: no puedo decir que no, me cuesta poner límites, me agota bancar lo que no me corresponde. El viaje hasta acá fue, en realidad, un viaje hacia una pregunta muy concreta: por qué nos cuesta tanto decir que no y qué consecuencias tiene, en el cuerpo y en la cabeza, no hacerlo.
De dónde viene la dificultad para poner límites
El límite empieza a construirse mucho antes de lo que uno imagina, desde los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga por él porque, sin ese afuera que contenga, no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, el no firme ante un peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como una frustración, es lo que permite ir armando la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. Por eso, el límite no es lo opuesto del amor; bien mirado, es una de sus manifestaciones más concretas. Cuando un padre o una madre sostiene un no a tiempo, en realidad está diciendo te quiero tanto que no te dejo dañarte.
Los dos patrones que aparecen cuando ese proceso falla
- El que no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió, muy de chico, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos y aparecen en el cuerpo: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando gota a gota y un cansancio que ningún descanso logra resolver, porque no es un cansancio del cuerpo sino de la cabeza. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner, por su cuenta, los límites que la persona no se animó a poner con palabras: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
- El que no tolera el límite ajeno. Para este tipo de personas, cualquier no del otro se vive como una ofensa personal o como un desafío. Aunque por fuera parezca fortaleza, por dentro responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia ajena. Las relaciones, tarde o temprano, se organizan alrededor de su voluntad y eso, a la larga, las va vaciando de contenido.
Entre esos dos extremos hay un punto medio que no es ni sumisión ni imposición, y al que vale la pena aspirar: la capacidad de decir que no sin que aparezca la culpa y, al mismo tiempo, la de escuchar un no del otro sin sentirlo como una agresión. Llegar hasta ahí tiene un costo real, hay que decirlo, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, ya sea en lo afectivo o en lo económico. Pero, casi siempre, ese costo es bastante más chico que el de seguir acumulando silencios que después terminan saliendo por donde pueden: un dolor de panza, una contractura, tres noches sin dormir o un ataque de ansiedad en el peor momento.
La buena noticia: no es un rasgo de carácter fijo
Lo más importante de todo esto, y lo que más me gusta remarcar cada vez que puedo, es que esta dificultad no es un rasgo inmodificable, no es algo con lo que se nace y se muere. Se construyó en un momento de la vida y, cuando no se construyó bien, puede revisarse con tiempo, con paciencia y, sobre todo, con el espacio adecuado. Un tratamiento psicológico serio ofrece precisamente ese lugar: un espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro y para tolerar el hasta acá del otro sin entrar en pánico. Es un trabajo lento, a veces incómodo, pero profundamente transformador.
Volví a pensar en aquella mujer de la consulta, la del principio de la nota, mientras terminaba de escribir. Me pregunté si finalmente habrá aprendido a decir ese no que tanto le costaba. No lo sé, nunca más supe de ella. Pero sí sé que, cada vez que alguien se anima a poner un límite a tiempo, se ahorra años de malestares que ni siquiera tienen nombre. Y que aprender a decir que no, lejos de ser una falta de amor, es una de las formas más cuidadosas que existen de cuidarse a uno mismo para poder cuidar a los demás.
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