Después de los 30, la cuenta regresiva del hueso: qué aconsejó una especialista para sostener la estructura que nos sostiene
La masa ósea toca su techo cerca de los 30 y, a partir de ahí, empieza a perder volumen. Elaine Dennison repasó los hábitos que ayudan a estirar la diferencia entre formación y degradación, y explicó cuándo conviene pedir un turno antes de que aparezca la primera fractura.
A mí me tocó ver esto de cerca, y por eso esta nota me sale desde un lugar que no es solo el cronístico. Mi madre se cayó un domingo a la tarde, saliendo del patio, y la fractura de muñeca terminó siendo el aviso de algo más profundo que los médicos fueron develando con el correr de los análisis. Cuando uno convive con una recuperación así empieza a preguntarse por qué un resbalón desde la propia altura puede terminar enyesando a alguien, y la respuesta casi siempre pasa por un hueso que venía perdiendo densidad en silencio. Por eso me detuve a leer con atención lo que contó Elaine Dennison, la especialista británica cuya voz me llegó desde el otro lado del material: después de los 30, el reloj del esqueleto empieza a correr al revés, y conviene tomar nota antes de que la caída llegue antes que el diagnóstico.
La osteoporosis, me explicó la especialista, suele pasar inadvertida hasta que aparece una lesión. Es una enfermedad que trabaja en silencio durante años y se presenta, muchas veces, con una fractura que parece desproporcionada para el golpe recibido. Por eso Dennison insistió en un punto clave: los antecedentes personales y familiares pesan, incluso cuando todavía no hay síntomas.
Cuándo conviene consultar, según Elaine Dennison
La especialista mencionó señales concretas que justifican una conversación con un profesional. Algunas son historia clínica propia, otras son herencia y otras, hábitos.
- Fracturas de cadera, muñeca o columna en la familia directa.
- Uso prolongado de corticoides, que pueden debilitar el tejido óseo.
- Tabaquismo, un factor que se suma al resto de los riesgos.
- Enfermedades que dificultan la absorción de nutrientes, como las intestinales o celiaquía.
Para orientar las decisiones clínicas, Dennison mencionó dos herramientas: la densitometría DEXA, que mide la densidad mineral del hueso, y el FRAX, un modelo que cruza edad, sexo, antecedentes y otros datos para estimar el riesgo de fractura a diez años. Ninguna reemplaza al médico, pero sirven para decidir si hay que intervenir o solo mirar con más cuidado.
El movimiento que el hueso necesita
El cuidado cotidiano, me quedó claro, no se resuelve solo con un vaso de leche. Es una combinación de tres patas: alimentación, actividad física y prevención de caídas. En los adultos mayores, mantener la fuerza muscular, la movilidad y el equilibrio ayuda a reducir las situaciones que pueden terminar en una fractura. La resistencia del hueso importa, pero también la posibilidad de evitar el golpe.
Para estimular el tejido óseo, Dennison destacó las actividades que le imponen una carga: ejercicios de fuerza, subir y bajar de una plataforma, correr o saltar. Los músculos, explicó, también transmiten tensión al hueso y favorecen su adaptación. Sin embargo, advirtió que quienes tienen baja densidad en la columna o antecedentes de problemas de espalda necesitan orientación profesional antes de levantar pesas.
“La natación aporta beneficios musculares y cardiovasculares, aunque el agua sostiene el cuerpo y reduce la carga sobre el esqueleto. Por ese motivo, no produce el mismo estímulo mecánico que las actividades con apoyo e impacto.”Elaine Dennison, especialista en salud ósea
Qué poner en la mesa
Sobre la alimentación, Dennison repasó los nutrientes que intervienen en la mineralización. El calcio y las proteínas son los más citados, pero no son los únicos.
- Calcio: leche, yogur, queso, alimentos fortificados y vegetales verdes.
- Vitamina D: clave para absorber el calcio y fijar el mineral en el hueso.
- Vitaminas K y C, y magnesio, dentro de una alimentación equilibrada con frutas y verduras.
La masa ósea llega a su máximo alrededor de los 30 años. Después, el tejido sigue renovándose, pero pierde volumen cuando la degradación supera a la formación. Durante la menopausia, la caída de estrógenos puede acelerar ese desequilibrio, y ahí es donde la prevención empieza a jugarse en otro escenario: el de una pérdida más rápida que pide controles más estrictos y, en muchos casos, tratamientos específicos.
Vuelvo a la escena del principio, a esa caída de mi madre un domingo a la tarde, y me doy cuenta de que lo que terminó costando entenderlo fue, en el fondo, lo que Dennison describe: el hueso no avisa. Avisa la fractura, avisa la muñeca enyesada, avisa la columna que duele sin razón, pero el desgaste viene de antes, en silencio, y se acumula desde los 30. Por eso cada decisión cotidiana —subir escaleras, cargar las bolsas del súper, dejar el cigarrillo, hacerse un chequeo a tiempo— es, en realidad, una pequeña apuesta a que la próxima caída, si llega, no encuentre al esqueleto desprevenido. Yo, después de escribir esta nota, anoté el turno pendiente para mí. Y recomiendo, con la voz que me dan los años y los golpes vistos de cerca, que cada uno haga lo mismo.
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