De la puerta de un colegio a las tres hectáreas heredadas: la historia de una pareja que eligió volver a la tierra aunque nadie se los pagara
Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron mientras esperaban a sus hijos y descubrieron que compartían la misma raíz. Hoy mantienen la chacra familiar con sus sueldos y la ilusión de dejársela a los próximos.
Llegué hasta la calle 9, en ese borde exacto donde Centenario se toca con Vista Alegre, una mañana fría de campo abierto, con el cielo bajo y ese olor a alfalfa recién cortada que te avisa antes de ver nada que ahí hay alguien que todavía trabaja la tierra. Ahí estaba Silvana Aiello, 51 años, esperándome con las manos todavía con tierra de haber revisado a los animales, y un rato después se sumó Jorge Stelrrig, con la misma pinta de quien recién bajó de un tractor. Lo primero que me dijo Silvana fue que me iba a contar la historia desde el principio, porque la historia de ellos empieza mucho antes de que se conocieran.
Silvana y Jorge se cruzaron hace diecinueve años en la puerta de un colegio, mientras esperaban a sus hijos. Lo que empezó como una charla de padres se transformó en la confirmación de algo que los dos sospechaban: los dos venían de familias chacareras de la zona, los dos habían crecido entre acequias, animales y mesas largas, y los dos guardaban en algún rincón la idea de volver a vivir como cuando eran chicos. Charlaron, se reconocieron, y con el paso de los años empezaron a juntar lo que hacía falta para intentarlo: bolsas de cemento, hierros, ladrillos que compraban con lo que les sobraba de los sueldos, un poco cada vez, sin apuro pero sin pausa.
La mudanza que cambió la lógica de la chacra
Hace tres años dieron el paso grande y se instalaron en las tres hectáreas que el padre de Silvana, Ricardo, le había dejado al morir. Esas tres hectáreas son las que sostienen hoy un tractor viejo que a veces no quiere arrancar, gallinas, conejos, pollos, la alfalfa que siembran ellos mismos y una incubadora artesanal que armó Lucas, de 17 años, con sus propias manos, después de criar seiscientos pollos parrilleros el año pasado. Donde alguna vez hubo manzanos y perales ordenados, hoy creció un monte de olivillo y un humedal que la tierra fue formando sola durante los años en los que nadie la pudo trabajar. Esa imagen, me dijo, le duele y a la vez la entiende: es la marca de una chacra que quedó esperando.
La diferencia con la generación anterior es concreta, casi matemática, y Silvana la explica con una frase que se repite en muchas familias de la zona: antes la chacra sostenía a la familia; ahora es la familia la que sostiene a la chacra. Los dos tienen trabajo en relación de dependencia: Silvana hace casi veinte años que es secretaria en una escuela técnica, Jorge es personal del área de educación de la zona, y son esos sueldos los que pagan el forraje, los animales, las gallinas ponedoras, la mano de obra que hace falta para mantener las tres hectáreas activas. La chacra no les da un sueldo: les da un lugar donde volver cada tarde y cada fin de semana.
“Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta. Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello
Lo hacen, aclara ella mientras caminamos entre los animales, a pulmón los tres: ella, Jorge y Lucas, que ya tiene su propio microemprendimiento dentro del campo y que cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria para quedarse. Jorge, mientras tanto, tiene en la cabeza un proyecto a más largo plazo: plantar frutales y viñas para producir y vender en el mismo campo, sin intermediarios, como sus abuelos.
Lo que se hereda y lo que se elige
- El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con doce años, cerca de 1920, y se radicó en la zona con lo poco que traía.
- El abuelo fue quien empezó a armar la chacra, la misma que después trabajó Ricardo, el padre de Silvana, durante décadas.
- Silvana heredó tres hectáreas que quedaron parcialmente abandonadas cuando su padre ya no pudo trabajarlas.
- Ella y Jorge fueron juntando materiales durante años hasta poder instalarse definitivamente hace tres años.
- Hoy mantienen la chacra con sus sueldos como empleados y la producción chica de animales y alfalfa.
- Lucas, el hijo de 17 años, ya tiene su propio emprendimiento dentro del campo y piensa estudiar veterinaria.
- Jorge proyecta plantar frutales y viñas para vender la producción en el mismo establecimiento.
Antes de irme, mientras el tractor seguía en su rincón sin arrancar y Lucas revisaba la incubadora que construyó él mismo, Silvana se quedó parada en la puerta de la casa mirando el monte de olivillo que creció donde antes había frutales. Me dijo algo que se me quedó dando vueltas: que la chacra ya no da para vivir como daba antes, pero que tampoco se puede dejar morir así nomás, porque es la casa que le dejaron y la casa que quiere dejarles a sus hijos. Me fui manejando por la calle 9 con la sensación de que en esas tres hectáreas, en ese borde entre dos municipios, estaba pasando algo que en los papeles parece chico pero que en la vida de esta familia es enorme: volver a poner en pie, con las propias manos y a fuerza de sueldos, una historia que había empezado casi cien años atrás en un barco desde Italia.
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