Cuando la imagen es inventada pero la herida es real: el caso de las alumnas de Lomas de Zamora
Adolescentes de un colegio de Lomas de Zamora vivieron vergüenza, angustia y miedo después de que compañeros crearan y distribuyeran imágenes sexuales falsas usando inteligencia artificial. La Justicia investiga a cuatro menores y el episodio reaviva el debate sobre cuánto duele lo que técnicamente no es verdadero.
Yo todavía no terminaba de acomodarme en mi escritorio cuando leí el primer testimonio y algo se me cerró en la panza. Eran las palabras de una chica de dieciséis años describiendo lo que había sentido al descubrir que alguien había tomado sus fotos de Instagram y las había transformado, con inteligencia artificial, en imágenes sexuales falsas. No era la primera vez que leía un caso de deepfake, pero sí era la primera vez que lo leía, en castellano y con nombre y apellido de escuela, de barrio, de familias que conozco o podría conocer en cualquier colectivo de la línea 544.
El episodio ocurrió en un colegio secundario de Lomas de Zamora. Cuatro menores están siendo investigados por la Justicia por la presunta producción y distribución de material de abuso sexual infantil, conocido como MASI. La investigación ya incluyó allanamientos en los domicilios de los sospechosos y distintas medidas cautelares, entre ellas el cese del hostigamiento entre las partes y el apartamiento de los acusados, que pasaron a cursar de manera virtual mientras se desarrolla la causa.
Lo que más me costó digerir, mientras hablaba con madres, docentes y especialistas, fue esa paradoja que las propias víctimas se encargaron de poner en palabras: aunque sabían que las imágenes eran falsas, igual sintieron vergüenza, asco y miedo. Una de las adolescentes, de diecisiete años, me lo resumió con una frase que se me grabó a fuego y que, creo, define el corazón de esta discusión. Aunque sé que es falso, me da vergüenza, me dijo.
Un daño psicológico que no distingue lo verdadero de lo manipulado
Especialistas en Psicología Jurídica consultados por este portal coinciden en que, para el cerebro, no siempre importa si lo que se ve existió o no. La vergüenza y la humillación se activan igual cuando alguien reconoce el rostro, el cuerpo o el nombre de la víctima, porque lo que se lastima no es el archivo en sí, sino la sensación de exposición y de pérdida de control sobre la propia imagen. Una de las chicas afectadas contó que tardó varios días en hablarles a sus padres porque no quería que la vieran así aunque supiera que la foto estaba manipulada. Otra, de dieciséis, resumió el terror compartido por todas: creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo.
Cómo se fabricaron las imágenes y por qué preocupa tanto
Según surge de la investigación, los adolescentes tomaron fotografías de perfiles públicos en redes sociales, principalmente de Instagram, y las cargaron en aplicaciones de inteligencia artificial capaces de desnudar o sexualizar cuerpos. Las imágenes producidas se distribuyeron, al menos, en grupos de chat y en plataformas de mensajería, con indicios de circulación más amplia de lo que se pudo determinar hasta ahora.
- Las víctimas debieron mudar sus perfiles a cuentas privadas o directamente cerrarlos.
- Los padres radican nuevas denuncias a medida que aparecen más imágenes.
- Las víctimas reciben acompañamiento psicológico especializado en trauma digital.
- Los acusados tienen prohibido todo contacto con las víctimas, dentro y fuera del colegio.
- La escuela suspendió a cuatro alumnos y los pasó a la modalidad virtual.
Lo que empezó como una broma adolescente que circuló por grupos de mensajería se transformó, en cuestión de días, en una causa judicial con expediente en la Justicia Penal Juvenil y con cuatro familias atravesadas por la misma pregunta que se hacen miles de padres en este momento en la provincia de Buenos Aires: qué pasa cuando mi hija sube una foto a Instagram y alguien la usa para fabricarle una imagen sexual que ella nunca autorizó.
La respuesta que no alcanza y lo que falta como sociedad
Las alumnas afectadas concurrieron al colegio apenas se enteraron de lo que estaba ocurriendo, pero sintieron que la respuesta institucional llegó tarde y fue insuficiente. Recién después de varios reclamos se organizaron jornadas de diálogo, se llamó a las familias y se tomaron medidas concretas. Días más tarde, las propias estudiantes organizaron una protesta frente al establecimiento, con bombos, carteles y aplausos, que terminó viralizándose y abrió una caja de Pandora: videos, testimonios y mensajes de adolescentes de otros colegios contando que les había pasado lo mismo o algo parecido.
Para padres, madres, docentes y equipos de orientación, el caso deja preguntas incómodas que todavía no tienen respuesta fácil.
- Qué hacer si la familia descubre que hay imágenes de un menor en la escuela.
- Cómo radicar una denuncia sin exponer aún más a la víctima.
- Si se debe cambiar de colegio o si eso refuerza la sensación de castigo.
- Qué decir en la mesa familiar sobre el uso de inteligencia artificial.
- Cómo configurar redes sociales para reducir el riesgo sin aislar a los adolescentes.
- Dónde denunciar si no se confía en la respuesta del colegio.
Un debate que excede a las víctimas y obliga a legislar
Especialistas en Cibercrimen y en Derechos de la Infancia reclaman desde hace años que se tipifique de manera específica la producción y difusión de imágenes íntimas o sexuales generadas con inteligencia artificial sin consentimiento, algo que en la Argentina todavía no tiene un encuadre legal claro y contundente. El caso de Lomas de Zamora, sumado al de Mar del Plata donde también hubo denuncias recientes, mostró que no se trata de una rareza ni de una moda pasajera, sino de una práctica instalada entre adolescentes, cada vez más accesible y cada vez más difícil de perseguir si no se actualiza la ley.
Cuando cerré la computadora y me acordé de la frase inicial, sentí una mezcla rara de alivio y de bronca. Alivio, porque las pibas ya estaban acompañadas, asesoradas y dejando de cargar con la vergüenza en silencio. Bronca, porque seguimos naturalizando que una foto sacada de un perfil público pueda terminar convertida en material de abuso sin que la víctima haya autorizado absolutamente nada. La adolescente de diecisiete años que me dijo aunque sé que es falso, me da vergüenza acaba de enseñarme, sin proponérselo, que el daño más profundo que deja este tipo de violencia no es en la imagen, sino en el lugar íntimo donde alguien guarda la decisión de ser vista como quiera y por quien quiera.
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