Cuando la crianza propia vuelve a aparecer en la de los hijos
La infancia deja marcas que reaparecen al criar, a veces como repetición y otras como reacción opuesta. El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey explica qué patrones son los más difíciles de soltar y qué señales permiten advertir que la historia personal se está metiendo de lleno en la crianza.
Lo confieso de entrada: llegar hasta el consultorio de Maxi McCoubrey me llevó más tiempo del que pensaba. Tomo un colectivo que se hace eterno, me bajo a dos cuadras del destino y termino preguntándole a un kiosquero si me sabe indicar la dirección correcta. Cuando finalmente me atiende y le explico por qué estoy ahí, me mira como si la pregunta lo hubiera estado esperando durante años. Es que la consulta, claro, también le toca de cerca: él, como cualquier padre o madre, trae su propia historia a la hora de criar.
Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en que nacimos, me dice de arranque el psicólogo, especialista en trauma. Y esa historia aparece en la forma de hablar, de reaccionar frente a un conflicto, de poner límites y también en las ideas que tenemos sobre el éxito, el dinero y el cariño. Nadie empieza a criar desde cero, aunque a veces lo parezca.
Lo que se repite y lo que se debería cortar
El problema, aclara Maxi, de 47 años, no está en repetir. Lo que hay que interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. Lo demás puede volver una y otra vez, porque muchas veces ni siquiera lo registramos: forma parte del aire que respiramos en la familia.
Las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles. Están tan incorporadas que uno no las cuestiona durante años, o directamente nunca. Entre ellas, el especialista menciona pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que pasan de generación en generación. El denominador común, dice, suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba.
- Pérdidas silenciadas: duelos que nunca se nombraron ni se lloraron en la casa de origen.
- Violencias naturalizadas: gritos, castigos o humillaciones que se vivieron como normales y se repiten sin aviso.
- Vergüenzas heredadas: la sensación de que hay cosas de las que mejor no se habla, aunque hagan daño.
- Mandatos que viajan de generación en generación: hay que ser fuerte, hay que estudiar tal cosa, hay que casarse, hay que aguantar.
Hacer todo lo contrario tampoco alcanza
Muchos padres y madres, ante el espejo de lo que padecieron, juran que van a hacer exactamente lo opuesto. El especialista advierte que esa reacción tampoco garantiza un resultado distinto. Quien creció con una crianza rígida puede terminar creyendo que toda frustración es traumática, y entonces criar desde la oposición termina volviendo la crianza reactiva: en lugar de responder a las necesidades reales del hijo, se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres.
“Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
La clave, según el psicólogo, no está en encontrar un punto medio matemático entre lo que le hicieron a uno y lo que uno le hace al hijo. Está en mirar al chico concreto que se tiene enfrente. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, me dice. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver. La vara no es la biografía propia, sino ese nene o esa nena en particular.
Una señal de que la propia historia está interfiriendo puede ser una reacción desmedida ante una situación cotidiana: una bronca que desborda, una preocupación extrema, la urgencia de que todo esté bajo control. Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse nunca. A veces el primer cambio no es no gritar jamás, aclara Maxi, es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Eso, dice, ya es otra crianza.
Salgo del consultorio con la cabeza llena. Vuelvo a la parada del colectivo, miro el reloj y pienso que lo más incómodo de la nota es que no termina en el consultorio: se sigue escribiendo en casa, con los hijos, en cada límite que se pone y en cada grito que se intenta no gritar. La infancia propia no se borra criando, pero se puede dejar de repetir.
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