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LUN, 05 OCT 2026
Vida

Cuando la consulta psicológica empieza por el plato: la propuesta de Kimberley Wilson para mirar también qué se come

La psicóloga británica sugiere que el cansancio crónico, la apatía y el bajo ánimo se evalúen junto con la alimentación, el descanso y el movimiento, sin reemplazar la psicoterapia ni la medicación cuando hacen falta.

CW
Carolina WehbeSociedad · · lectura 4 min
Cuando la consulta psicológica empieza por el plato: la propuesta de Kimberley Wilson para mirar también qué se come

Llegué a la nota con la sensación de que algo me faltaba, y no hablo en sentido figurado. Hacía semanas que arrastraba un cansancio que no se explicaba del todo con las horas de sueño, una especie de niebla mental que se empecinaba en no levantarse. Por eso, cuando me crucé con el planteo de Kimberley Wilson, psicóloga clínica y escritora británica, sentí que alguien ponía en palabras una sospecha que muchos arrastramos en silencio: que el estado de ánimo no se entiende sin mirar también el plato, la almohada y la calle que uno camina.

Wilson, de 43 años, viene proponiendo desde hace tiempo que la evaluación de la salud mental incorpore de manera sistemática la revisión nutricional. Su razonamiento es directo: la fatiga que se estira en el tiempo, las dificultades para concentrarse, la apatía y el ánimo bajo pueden tener múltiples causas, y descartar o confirmar un déficit alimentario es una pieza clave del rompecabezas. En una reciente exposición pública, la especialista explicó que una evaluación completa debería preguntar qué se come, cómo se duerme, cuánto se mueve y qué hábitos de consumo se tienen, además de los clásicos antecedentes personales y las situaciones de estrés.

Nutrientes bajo la lupa, sin reemplazar la consulta clínica

La psicóloga mencionó un grupo de nutrientes especialmente relevantes para el funcionamiento cerebral. Habló de las vitaminas B3 y B12, del zinc, del selenio y de los ácidos grasos omega-3, y aclaró un punto que suele olvidarse en los debates de redes sociales: que una deficiencia nutricional no implica, por sí sola, la presencia de un trastorno mental. Lo que sí puede hacer, sostuvo, es agravar factores como el cansancio, la irritabilidad o la caída del estado de ánimo. De ahí la importancia de investigar posibles déficits cuando los síntomas persisten.

Para quienes siguen una alimentación vegetariana o vegana, Wilson sugirió consultar con un profesional de salud sobre las alternativas de suplementación, en lugar de asumir que cualquier dieta cubre por defecto los requerimientos de micronutrientes. En todos los casos, la recomendación llega con un llamado de atención: los cambios de hábitos pueden tardar meses en percibirse, y la paciencia es parte del tratamiento.

Una experiencia detrás de la propuesta

La mirada de Wilson sobre este cruce entre alimentación y emociones se forjó en un lugar particular: la prisión de mujeres de Holloway, en Londres. Allí, mientras trabajaba como psicóloga, observó que muchas internas presentaban dificultades para regular sus emociones que parecían con carencias alimentarias. La experiencia la llevó a investigar más a fondo, y recordó ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de los episodios violentos. La propia psicóloga advirtió que esa asociación no permite explicar la totalidad de la conducta de una persona a partir de su dieta, aunque abre una línea de análisis que, según dijo, merece más estudio.

“La insuficiencia de un nutriente no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.”Kimberley Wilson, psicóloga clínica

El planteo integra, además del análisis nutricional, la revisión del sueño, del nivel de actividad física, del consumo de sustancias, de los conflictos personales y del estrés laboral. Wilson aclaró que la psicoterapia y los medicamentos siguen formando parte del abordaje cuando son necesarios. Una persona con experiencias traumáticas, puso como ejemplo, puede requerir terapia especializada; alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva podría verar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta. La idea central es que cada caso exige identificar qué factores intervienen y orientar las intervenciones en consecuencia, en lugar de tratar la mente como un compartimento aislado del cuerpo.

Salí de la nota con una pregunta que, sospecho, me acompañará varias noches: cuántas veces habré estado a punto de subestimar un síntoma echándole la culpa solo a lo psicológico, cuando el cuerpo estaba pidiendo otra clase de atención. No se trata de convertir la cocina en un consultorio ni de reemplazar el diván por una ensalada de sardinas. Se trata, como propone Wilson, de sumar preguntas, abrir el foco y aceptar que la salud mental, como la salud a secas, se construye en capas. A veces, la capa que falta empieza en el plato.

CW

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