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LUN, 05 OCT 2026
Vida

Cuando la cabeza manda señales que no se pueden explicar: la consulta que no hay que postergar

Ver cosas que otros no ven, sentir que el cuerpo cambia de tamaño o sostener creencias firmes que alteran la vida diaria son motivos suficientes para pedir una evaluación médica. Repaso de las claves para distinguir cuándo hay que sentarse frente a un profesional.

CW
Carolina WehbeSociedad · · lectura 3 min
Cuando la cabeza manda señales que no se pueden explicar: la consulta que no hay que postergar

A veces uno llega a la nota por un llamado, a veces por una pregunta que quedó dando vueltas. A mí me pasó lo segundo: un familiar me escribió para contarme que su madre, de 78 años, venía diciendo que las paredes de la casa se le achicaban por las noches. No era la primera vez que lo escuchaba. Tampoco era una rareza clínica, según lo que había empezado a leer para entender qué le pasaba. La consulta médica, en estos casos, no es un lujo: es el primer paso para descartar problemas que van desde un cuadro neurológico hasta un déficit visual severo, y por eso conviene entender qué señales justifican pedir turno con un profesional.

Antes que nada, conviene separar tres términos que suelen usarse como sinónimos y no lo son. La distorsión modifica algo que existe, como cuando una persona siente que una habitación se agrandó o se encogió. La alucinación implica percibir algo sin que haya un estímulo afuera que lo provoque. El delirio, en cambio, es una creencia fija que se sostiene aunque haya pruebas en contra. Distinguirlos no es un capricho clínico: es la base para que el profesional decida qué estudio pedir y hacia dónde orientar la evaluación.

Cuando los ojos mandan imágenes que nadie más ve

Uno de los mitos más extendidos es que ver figuritas, colores o escenas que los demás no ven es, sin más, un síntoma de enfermedad mental. El síndrome de Charles Bonnet desmiente esa idea: personas con pérdida importante de visión pueden tener alucinaciones visuales complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. Antes de cualquier diagnóstico psiquiátrico, la evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos, y, cuando la presentación es atípica, se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas.

En esa línea, las alteraciones del tamaño del cuerpo o del entorno tampoco pueden leerse a la ligera. El llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que la migraña aparece como la causa más frecuente en adultos, mientras que en menores de 18 años predominan las encefalitis.

Creencias firmes que alteran la convivencia

Hay un segundo grupo de señales que comprometen la forma en que alguien se piensa a sí mismo o a quienes lo rodean. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estos episodios, que en la clínica reciben nombres específicos, requieren atención profesional y no deben leerse como conductas voluntarias. Tampoco los celos delirantes equivalen a los desacuerdos habituales de pareja: la intensidad, la persistencia y la escasa conexión con la realidad los separan.

Un tercer escenario aparece cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella. Antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico primario, la evaluación tiene que descartar una infestación real y otras causas médicas: déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento, como se ve, depende de lo que se encuentre y no de una etiqueta a priori.

Señales que justifican pedir una consulta

  • Ver cosas que los demás no ven, sobre todo si hay pérdida de visión asociada.
  • Sentir que el cuerpo, los objetos o los espacios cambian de tamaño sin explicación clara.
  • Escuchar voces o tener percepciones sin estímulo externo que las provoque.
  • Mantener creencias firmes que generan malestar y afectan los vínculos, como la convicción de haber sido reemplazado o de no existir.
  • Sostener celos extremos y sin base probatoria que deterioren la convivencia.
  • Percibir organismos sobre la piel o debajo de ella, con la necesidad previa de descartar causas médicas.

Vuelvo a la imagen del principio: una señora de 78 años que le dice a su hija que las paredes se le mueven. A esa altura, ya no importa si se trata de una distorsión, una alucinación o un delirio. Lo que importa es que alguien la acompañe a pedir turno. En estos cuadros, la consulta temprana no acelera un diagnóstico inventado: abre la puerta a un profesional que va a poner nombre, contexto y, sobre todo, un camino.

CW

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