Cuando el cuerpo y la mente se cuidan juntos: lo que dejó el encuentro internacional sobre prevención de la demencia que se hizo en Buenos Aires
Especialistas de la región presentaron los resultados del estudio LatAm-FINGERS, que durante dos años siguió a más de mil personas mayores de once países. Alimentación, movimiento, vínculos y control cardiovascular aparecen como las columnas de una misma estrategia para proteger la memoria.
Llegué al encuentro con la sensación de que iba a escuchar otra vez la misma recomendación repetida hasta el cansancio: hay que comer bien y caminar. Pero cuando me senté a escuchar a los especialistas que se reunieron en Buenos Aires para discutir cómo prevenir la demencia, entendí que la cuestión es bastante más amplia que un par de consejos genéricos. La propuesta que se puso sobre la mesa durante estas jornadas integra alimentación, actividad física, estímulos mentales, vínculos sociales y, sobre todo, un control muy estricto de los factores que dañan los vasos sanguíneos del cerebro. Es un paquete completo, no una receta suelta, y eso cambia la forma en que uno puede pensar el cuidado de la memoria a los sesenta, a los setenta o a los ochenta.
La conversación arrancó con una cifra que a mí, como adulta de más de cuarenta, me dejó pensando: según lo que repitieron los disertantes, alrededor del 45 por ciento de los casos de demencia en el mundo están asociados a factores que se podrían modificar. No es que la genética y la edad pierdan importancia, sino que aparece un margen enorme de acción cotidiana que muchas veces dejamos en manos del destino. Y ahí se inscribe el corazón de la discusión que se dio en Buenos Aires.
LatAm-FINGERS: dos años, once países y 1.065 personas
El ensayo clínico que se presentó se llama LatAm-FINGERS y fue pensado a imagen y semejanza del estudio FINGER que se hizo en Finlandia, pero con una particularidad muy clara: se adaptó a la realidad latinoamericana. Participaron 1.065 personas de entre 60 y 77 años, distribuidas en once países de la región, y el seguimiento se extendió durante dos años. La investigación evaluó una intervención que combinó alimentación saludable, ejercicio físico, entrenamiento cognitivo, instancias de socialización y atención de los riesgos cardiovasculares. Es decir, no se probó un fármaco ni una pastilla: se probó un estilo de vida, supervisado y medido con la rigurosidad de un estudio científico.
Los participantes se dividieron en dos modalidades de acompañamiento. Uno de los grupos tuvo actividades organizadas y un contacto frecuente con los equipos de salud, con encuentros presenciales y materiales específicos. El otro recibió recomendaciones para incorporar los mismos hábitos, pero con mayor autonomía y menos reuniones guiadas. Ambos grupos, vale aclararlo, contaron con orientación preventiva y con controles periódicos.
- Mejora de la cognición global en quienes siguieron la intervención más estructurada, según los resultados presentados.
- Un 80 por ciento de los participantes registró una adhesión moderada o alta al programa a lo largo de los dos años.
- Un 84,9 por ciento completó la evaluación final, una cifra que los investigadores consideraron muy alentadora para un estudio de esta escala.
Ahora bien, antes de seguir, vale una aclaración que a mí me parece fundamental y que los propios especialistas se encargaron de remarcar: los resultados no significan que una rutina saludable garantice que una persona no vaya a desarrollar demencia. Tampoco reemplazan la consulta médica ni los tratamientos que cada caso pueda necesitar. Lo que muestran es que intervenir sobre varios factores a la vez, de manera sostenida, se asocia con mejoras medibles en pruebas cognitivas. Es un paso adelante en la evidencia disponible, no una promesa absoluta.
“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS
Esa frase de Lucía Crivelli, de 52 años, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal del estudio, resonó varias veces a lo largo de la jornada. La idea de fondo es que la prevención de la demencia no puede ser un instructivo calcado de un país a otro. Las propuestas alimentarias se tuvieron que adaptar a los productos disponibles en cada lugar, las actividades se organizaron según los recursos comunitarios y los mensajes se tradujeron a los códigos de cada población. La investigadora insistió en que esa flexibilidad no le quita rigurosidad al ensayo, sino que lo hace más realista y, sobre todo, más replicable fuera del consultorio.
Por qué el corazón y el cerebro van de la mano
Algo que a mí me llamó la atención es cuánto se insistió con el cuidado cardiovascular. Y la explicación es bastante directa: la hipertensión, la diabetes, los niveles altos de colesterol y el tabaquismo deterioran los vasos sanguíneos que irrigan el cerebro. Con el paso de los años, ese deterioro se traduce en problemas de memoria, de atención y de otras funciones cognitivas. Por eso, controlar la presión arterial, medirse la glucosa, hacerse chequeos periódicos y dejar de fumar forma parte del mismo paquete que estimula la mente o promueve la vida social. Cuidar el corazón, en este marco, es también cuidar el cerebro.
Me fui del encuentro con una sensación que no esperaba. Pensé que iba a volver con un listado de cosas para temerle a la vejez y, en cambio, volví con una especie de hoja de ruta razonable. No es un cambio mágico ni requiere heroicidades: se trata de mover el cuerpo, alimentarse mejor, ejercitar la mente, sostener los afectos y, sobre todo, hacerse los controles médicos al día. Son decisiones chicas, cotidianas, que en conjunto parecen marcar una diferencia. Y eso, a esta altura de la vida, es una de las noticias más tranquilizadoras que uno puede llevarse a casa.
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