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MAR, 13 OCT 2026
Vida

Cuando el cuerpo avisa con migrañas, panza hinchada y noches en vela: la pista que une esos malestares

El médico genetista Jorge Dotto sostiene que una sustancia que fabrica el propio organismo y que también se ingiere con los alimentos puede estar detrás de síntomas que suelen atenderse por separado, sin encontrarles un hilo conductor.

CW
Carolina WehbeSociedad · · lectura 3 min
Cuando el cuerpo avisa con migrañas, panza hinchada y noches en vela: la pista que une esos malestares

La consulta empieza, como tantas otras, con una madre que enumera lo que le pasa a su familia y no encuentra quién se lo junte en un solo diagnóstico. Una hija con migrañas que la dejan tirada en lo oscuro del cuarto. El marido, con la panza que se infla después de comer como si hubiera engordado cinco kilos en una hora. La hermana menor, que de chica tuvo cuadros respiratorios que nadie le supo explicar. Y ella, que duerme a los saltos y se levanta como si no hubiera pasado por la cama. Cuando se los cuenta al médico genetista Jorge Dotto, el profesional escucha la lista completa antes de hacer una pregunta, y después arriesga una respuesta que muchos pacientes esperan escuchar hace años: probablemente haya un mecanismo compartido, y se llama histamina.

La histamina es una sustancia química que fabrica el propio cuerpo y que, además, ingresa con lo que se come. No es mala en sí misma: participa en el estado de vigilia, en los mecanismos de apetito y saciedad, en funciones cognitivas, en la producción de ácido estomacal, en la contracción intestinal y en la regulación cardíaca. También se activa cuando el sistema inmune identifica una amenaza, por eso aparece en las reacciones alérgicas clásicas: picazón, sarpullido, estornudos. El problema no es su presencia, sino la cantidad que se acumula cuando el organismo no da abasto para eliminarla.

El vaso que se va llenando

Dotto lo grafica con una imagen que cualquier paciente entiende. Yo la anoté mientras él la dibujaba en el aire, con las dos manos, como quien mide un recipiente invisible. "Acumulo, acumulo, acumulo y exploto, porque no puedo sacar el tapón", dice. El vaso se llena con lo que se come, con el estrés, con el ejercicio intenso, con las variaciones hormonales. Mientras no rebalsa, no hay síntomas visibles. Cuando se llena, aparecen las reacciones, y a veces no se parecen entre sí: una migraña en uno, una noche sin dormir en otro, una panza que no entra en el jean en un tercero.

  • Quesos curados
  • Embutidos
  • Vino tinto
  • Chocolate
  • Tomate
  • Palta
  • Pescado

La lista, igual, no alcanza para explicar nada por sí sola, porque la dosis importa tanto como el alimento. Una persona puede tolerar el tomate cherry y reaccionar al tomate común. Dotto lo repite cada vez que algún paciente le pregunta si tiene que dejar el chocolate para siempre: "No todos reaccamos de la misma manera a las mismas sustancias químicas", señala, y agrega que por eso no existen las prohibiciones universales, sino las medidas a medida.

Por qué aparece en toda una familia

El componente genético ayuda a entender por qué en una misma casa varios miembros conviven con síntomas que parecen distintos pero comparten raíz. Cada persona hereda información que determina cómo procesa ciertas sustancias, aunque la forma en que eso se exprese varíe. Dotto suele contar el caso de dos hermanas gemelas que llegaron a la consulta con cuadros diferentes pese a compartir casi todo el ADN: la diferencia estaba en lo que cada una comía y en factores del entorno. "Que aparezcan intolerancias en una misma familia es lo esperable, no la excepción", afirma. Y eso, dice, es un dato que cambia la conversación con el médico de cabecera: ya no se trata de atender cada síntoma por separado, sino de mirar el mapa completo.

En las mujeres, además, las hormonas suman otra variable que suele quedar afuera de la consulta. La relación entre los estrógenos y la histamina puede hacer que ciertos síntomas cambien a lo largo del ciclo menstrual, que se intensifiquen en algunas etapas y se calmen en otras. Por eso, apunta Dotto, no alcanza con preguntarle a la paciente qué le pasa: hay que preguntarle cuándo le pasa, y registrarlo con la misma atención con la que se mira un estudio de laboratorio. Esa pista, muchas veces, es la que termina de completar el rompecabezas que la familia arrastra hace años sin saber que era uno solo.

CW

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