Chicos que llegan al consultorio después de años de silencio: cómo se desborda la red de salud mental infantojuvenil
Síntomas que se multiplican, profesionales que faltan y un sistema que atiende en pedazos: lo que se ve en guardias, escuelas y consultorios cuando un niño o una adolescente pide ayuda —o cuando todavía no se anima a pedirla.
Lo primero que vi fue una chica de catorce años sentada en el borde de la camilla, con las mangas del buzo del colegio corridas hasta los dedos, mirando el piso como si el piso fuera lo único confiable que le quedaba. La acompañaba su mamá, que no paraba de repetir, casi en un susurro, que hacía más de un año que no dormía de corrido, que había dejado de comer, que en la escuela le decían que era vaga y ella ya no tenía fuerzas para discutirlo. Del otro lado de la guardia, una nena de ocho años dibujaba en una hoja en blanco: una casa, una figura grande con la boca abierta, una frase que decía "me pega cuando se enoja" escrita con letra temblorosa. Yo había llegado hasta ese hospital de la zona norte del conurbano bonaerense siguiendo el rastro de un dato que me había quedado dando vueltas: en los últimos meses, las consultas por autolesiones, intento de suicidio y crisis de ansiedad en chicos y adolescentes habían crecido hasta saturar los pocos equipos especializados que quedan funcionando en el sector público. Y esa tarde, parada en el pasillo, con el ruido de una ambulancia entrando y una enfermera que intentaba calmar a un nene con un ataque de pánico, empecé a entender que la cifra no era un número: era esto, era esa chica de las mangas largas, era la nena del dibujo, era la mamá que ya no sabía a quién llamar.
Porque cuando uno se pone a mirar en serio lo que está pasando con la salud mental de las chicas, los chicos y los adolescentes en la Argentina, lo que aparece no es un fenómeno nuevo sino un acumulado que ahora rebalsa. En consultorios, guardias y aulas se repite un patrón que los profesionales ya reconocen de memoria: pibes que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan hasta desaparecer de cualquier grupo, que se lastiman o que directamente dicen que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. Y acá viene lo más delicado: cuando esa historia finalmente llega a una guardia o a un consultorio, muchas veces lo que encuentra del otro lado es un servicio saturado, una lista de espera larga como un trimestre escolar y una red de atención que está partida en pedazos entre el sistema de salud, las escuelas y la justicia, de modo tal que el pibe queda en el medio, zumbando de un informe a otro sin que nadie se haga cargo de acompañarlo de verdad.
Violencia que se carga en silencio durante años
Para entender por qué se llega a ese punto, hay que mirar qué es lo que muchos chicos y muchas chicas están aguantando puertas adentro. La violencia ocupa un lugar central en el cuadro clínico que hoy describen los equipos de salud mental. Las estimaciones que viene difundiendo UNICEF son una radiografía durísima: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años, y entre los varones la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias quedan silenciadas porque nunca apareció un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden estirarse durante toda la vida. A eso se suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones, que pocas veces quedan registradas en un expediente pero que van dejando marcas igual de profundas. Cuando esos pibes llegan a la consulta, no llegan con un diagnóstico limpio: llegan con un cocktail de miedo, vergüenza, desconfianza y un cuerpo que aprendió a convivir con el dolor.
Pantallas, apuestas y aprendizaje que se cae a pedazos
- Las plataformas digitales sumaron una capa nueva al problema: chicas, chicos y adolescentes quedan expuestos de manera cotidiana a contenidos sexuales no deseados, a publicidad de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó plata al menos una vez, y lo que en la mayoría de las familias se presenta como "un juego" en realidad funciona como una puerta de entrada a un mundo que hypersexualiza, normaliza el riesgo y deja a los pibes a la intemperie.
- En muchísimos casos, el uso intensivo de pantallas no es un capricho generacional ni una moda: es un refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir. Cuando en la casa no hay quien escuche, cuando la escuela expulsó o cuando la calle se volvió insegura, el celular se convierte en el único cuarto propio, con todo lo que eso implica.
- Los resultados de las pruebas PISA 2025 terminan de completar el cuadro: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, que son exactamente los recursos que se agotan cuando la energía psíquica de un pibe está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono.
Una red que llega en pedazos, cuando llega
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, lo que suele encontrar es un sistema que le devuelve la pelota. Los equipos especializados en infancia y adolescencia son escasos, los servicios están saturados y los tiempos de espera convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma agudo, la justicia recibe la infracción, y el pibe, mientras tanto, puede quedar perdido como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no se hablan entre sí. Lo que falta, coinciden los especialistas que consulté mientras preparaba esta nota, no es solamente más presupuesto —que también—, sino una decisión política de tratar la salud mental infantojuvenil como lo que es: una urgencia sanitaria de primera línea. Mientras esa decisión no llegue, la chica de las mangas largas y la nena del dibujo seguirán esperando en los pasillos a que alguien las mire a los ojos y les diga que lo que les pasa tiene nombre y, sobre todo, tiene salida.
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