Adentro de una habitación con paredes de cristal: cómo la pantalla reordenó los cuartos juveniles
Paredes neutras, camas prolijas y luces de led: los adolescentes de hoy diseñan su cuarto como si fuera un set. Detrás del orden hay una audiencia que nunca apaga la cámara, aunque nadie esté mirando.
Les cuento una escena que vi con mis propios ojos hace apenas unos días, cuando fui a lo de una amiga para buscar a su hija de quince años. Tocé el timbre, me abrió la madre y me dijo 'está en su cuarto, pasá'. Yo ya conocía ese pasillo de memoria: cuadros despintados en la pared, alguna mochila abandonada en el piso y siempre, siempre, alguna remera colgada del picaporte. Pero esta vez la puerta estaba abierta y lo que encontré del otro lado me frenó en seco. Nada. O casi nada. Una cama tendida con una colcha blanca que parecía sacada de una revista, dos almohadas simétricas, una tira de luces cálidas rodeando el respaldo y una repisa con tres velas apagadas. No había un solo póster, no había un libro fuera de lugar, no había una foto pegada con cinta. Me quedé parada mirando, porque no parecía el cuarto de una chica de su edad, sino el escenario de alguien que en cualquier momento iba a encender una cámara. Bajé las escaleras y le dije a mi amiga: 'Tu hija reordenó todo'. Ella me miró con una sonrisa cansada y me contestó lo que hoy, después de investigar para esta nota, entiendo perfectamente: 'No lo reordenó ella. Lo reordenó la pantalla'. Y esa frase, que parece una exageración de madre agotada, es en realidad la mejor descripción que escuché de un fenómeno que los especialistas vienen estudiando hace rato y que a mí, como periodista y como adulta que todavía recuerda cómo era su propio cuarto de adolescente, me parece de los más inquietantes de nuestra época.
Del territorio propio al decorado
Piensen por un instante en cómo era un cuarto adolescente hace veinte años, o incluso treinta, para los que tenemos la dicha o la vergüenza de haber tenido uno. Era, en general, un pequeño desastre que olía a persona: pósteres arrancados de una revista y pegados con cinta scotch en la puerta del placard, una silla que no servía para sentarse porque encima había una pila de jeans, cortinas tapadas con un trapo para que el sol no despertara a nadie, un diario íntimo guardado entre el colchón y la pared, y siempre, siempre, algún objeto cuya sola presencia ya contaba una historia: una entrada de recital, un regalo de alguien que ya no era amigo, una foto con la esquina doblada. Ese cuarto no era bonito, y justamente por eso era auténtico. Era el único lugar de la casa donde un chico o una chica podía ser, sin tener que demostrarle nada a nadie, una versión todavía en formación de sí mismo.
Ahora comparemos con lo que hoy circula, con insistencia publicitaria, en las redes: paredes pintadas en tonos neutros, beige, terracota, blanco roto, gris cálido, el rosa empolvado de siempre pero más limpio, más diseñado. Camas que parecen no haber sido tocadas nunca, con acolchados que caen en ángulos perfectos, almohadas ordenadas por tamaño, y como elemento infaltable, una tira de luces cálidas que recorre el borde del techo o enmarca la cabecera. Hay también, en los cuartos de quienes graban o transmiten en vivo, un aro de luz junto a la cama, un micrófono montado en un brazo articulado, un atril para el celular y, a veces, un rincón pensado exclusivamente para sacar fotos. El desorden, que era la firma del territorio, se fue. Y con él se fue, también, una buena parte de la personalidad en estado bruto que solía quedar expuesta en una habitación cuando nadie más estaba mirando.
Una audiencia invisible que igual ordena
Lo más llamativo de todo esto, y lo que a mí me sigue generando una incomodidad que no termino de procesar, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto se ponga en marcha. No hace falta que un chico o una chica esté grabando en ese momento, ni que tenga un video subido al canal de la plataforma que sea. Basta con la conciencia, incorporada de manera tan natural que ya ni se nota, de que cualquier rincón del cuarto puede ser filmado mañana, pasado o dentro de un rato, y de que lo que se filme puede ser comentado por una cantidad enorme de desconocidos, algunos bienveientes y otros francamente perversos. Esa conciencia, que los especialistas llaman a veces 'la mirada internalizada', termina funcionando como una especie de director de escena que nunca se retira: ordena los almohadones, esconde la ropa, empuja los libros adentro de la biblioteca y, sobre todo, desalienta cualquier gesto espontáneo que pudiera comprometer la imagen. Es como si los propios chicos se estuvieran vigilando a sí mismos, y lo hicieran, además, con una exigencia estética que antes estaba reservada a las revistas de decoración.
“La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que queda flotando es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente.”Carolina Wehbe
- Paredes en tonos neutros: beige, terracota, blanco roto o gris cálido reemplazan los pósteres y las fotos pegadas con cinta.
- Camas perfectamente tendidas, con acolchados simétricos y almohadas ordenadas por tamaño, como en una revista de decoración.
- Tiras de luces cálidas y aros de luz que duplican la habitación como un set listo para grabar en cualquier momento.
- Escondites para el desorden: la ropa, los libros y los objetos personales se guardan para que nada quede a la vista de una posible cámara.
- Un diseño pensado para el afuera: el cuarto ya no se ordena pensando en quien lo habita, sino en quien eventualmente lo mire a través de una pantalla.
Vuelvo, para cerrar, a la puerta abierta del cuarto de la hija de mi amiga, que se quedó esperándome esa tarde con cara de aburrimiento mientras yo terminaba de juntar mis cosas. Le pregunté, con la confianza que da haber visto a alguien crecer, quién le había dicho que tenía que ordenar así. Me miró con una mezcla de sorpresa y de lástima, como si la pregunta fuera absurda, y me respondió: 'Yo no lo ordené para vos, tía. Lo tengo así siempre, por si grabo'. 'Por si grabo', dos palabras que a mí me dejaron pensando el resto de la semana. Porque en esa frase chica, casi sin peso, está condensado algo enorme: la idea de que el espacio propio dejó de ser un refugio para convertirse en un decorado, y de que la intimidad, esa intimidad que los adultos de mi generación cuidábamos como un tesoro detrás de la puerta cerrada, se transformó, sin que nadie lo decidiera formalmente, en una habitación con paredes de cristal. Y lo más delicado de todo es que los propios dueños de esos cuartos no lo viven como una pérdida. Lo viven, simplemente, como el orden natural de las cosas.
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