Caminar por dentro del Malacara, el volcán que la familia Quezada abrió al turismo en Mendoza
En el paraje La Batra, al pie de la Payunia mendocina, un campo privado permite recorrer dos de las tres cárcavas del volcán y subir a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La geóloga Corina Risso fue clave para que los visitantes pudieran entender qué pasó ahí adentro.
Llegué a La Batra después de varias horas de ripio, con el viento de la Payunia golpeando la ventanilla y la sensación de que el paisaje se iba poniendo cada vez más raro, más marciano, más lejano de cualquier referencia conocida. Cuando bajé del auto y levanté la mirada, el Malacara no se parecía a nada de lo que uno imagina cuando piensa en un volcán: no había un cono perfecto, ni una boca humeante, ni lava a la vista. En cambio, había una serie de lomadas oscuras, cortadas a pico, como si a la montaña le hubieran sacado tajadas con una cuchara gigante. Ahí nomás me salió al encuentro Beto Quezada, 62 años, con la tranquilidad de quien conoce cada piedra del lugar y la amabilidad de quien está acostumbrado a recibir gente curiosa. Su familia administra desde hace años el acceso a este rincón del sur mendocino, en el departamento de Malargüe, y fue él quien me acompañó a meterme, literalmente, dentro del volcán.
La caminata arranca entre paredes onduladas, con sectores de roca amarilla intensa y depósitos negros que se desgranan al tocarlos, casi como si fueran polvo compactado. El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el Malacara en su parte alta y suma una subida hasta un mirador natural desde donde, si el día acompaña, se distingue a lo lejos la laguna de Llancanelo, una de las joyas paisajísticas del sur provincial. La luz entra por las aberturas superiores y el aire frío circula entre las grietas, así que adentro del volcán la temperatura siempre parece unos grados más baja que afuera, incluso en pleno verano. Beto me iba marcando los colores y las formas como si me estuviera pasando un álbum de fotos: mirá, acá está la parte amarilla, acá viene el negro, acá se ve cómo se rompió todo.
Una historia que se lee en los colores
Para entender por qué el Malacara tiene esa paleta tan particular hay que remontarse miles de años, cuando el magma se encontró con agua, probablemente de una laguna que ya no existe, y esa interacción fragmentó la lava y alteró los materiales. Así lo explica Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, que trabaja en la zona desde fines de los años noventa y fue quien le puso nombre y explicación científica a lo que hoy se recorre a pie. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió y se acumularon los materiales oscuros sobre los anteriores, y mucho después la erosión del agua y del viento fue abriendo los corredores que hoy se caminan. Esa fragilidad es la que obliga a ir con cuidado: los depósitos se desgranan con el roce de una mano y no se regeneran.
Risso llegó al lugar en 2000 con la ayuda de Alberto Beto Quezada, justamente el hombre que me recibió en el campo. Dos años después presentó sus investigaciones en Malargüe y, casi en paralelo, la familia comenzó a organizar las primeras salidas con guías locales. Lo que arrancó como un interés científico se transformó poco a poco en una propuesta turística, y al mismo tiempo cambió el uso productivo del campo: donde antes los Quezada criaban animales, hoy pasan visitantes.
De a caballo a la camioneta, el camino hasta el volcán
Las primeras visitas se hacían a caballo, por senderos internos del predio, y la sensación era bien de expedición. En 2006, una antigua huella petrolera que atravesaba la zona permitió empezar a ingresar con camioneta y después con maquinaria para acondicionar el camino, siempre dentro del campo de la familia. Eso acortó los tiempos, facilitó el acceso y permitió que el lugar empezara a recibir a un público menos avezado en cabalgatas. Hoy la propuesta combina la caminata, la observación de las formaciones y la vista desde el mirador, con una duración que se puede hacer en una mañana o en una tarde, según el ritmo de cada grupo.
- El recorrido es por un campo privado de la familia Quezada, en el paraje La Batra, departamento de Malargüe, al sur de Mendoza.
- Se caminan dos de las tres cárcavas del volcán Malacara y se sube a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo.
- Los depósitos volcánicos son frágiles: se desgranan al tacto y no se recomienda llevarse trozos como souvenir.
- Se recomienda ir con calzado cerrado, abrigo para el viento y agua, porque dentro del volcán la temperatura es más baja que en el exterior.
- El acceso se realiza desde Malargüe por caminos de ripio, por lo que conviene consultar el estado de las rutas antes de salir.
Cuando volví al auto y le dije a Beto que me iba con la sensación de haber caminado por un libro de geología abierto, se rió con esa mezcla de orgullo y modestia que tienen los dueños de casa cuando les dicen que lo que tienen es valioso. El Malacara no es un volcán que se admire desde lejos: es un volcán que se mete adentro del visitante y lo obliga a mirarlo de cerca, a tocarlo con cuidado, a entender que cada color y cada grieta cuentan una historia de agua, fuego y tiempo. En un país donde la naturaleza suele pasar desapercibida para los propios argentinos, este rincón mendocino es una buena excusa para volver a sorprenderse.
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