Cafeína en adolescentes: cuando el energizante del día termina saboteando la noche
Especialistas de Yale detallan por qué el consumo de café, bebidas energéticas y hasta chicles saborizados puede alterar el descanso y la salud de los más chicos, con horarios críticos y señales para tener en el radar.
Me acuerdo perfecto de la primera vez que le dije a una amiga que su hijo de catorce no podía dormir y ella me contestó, casi ofendida, que tomaba "apenas un cafecito a la tarde". Aquel cafecito, después de escucharla con atención, resultó ser un vaso enorme con tres sobres saborizados después de una sesión de videojuegos que terminaba pasada la medianoche. La escena se me vino a la cabeza mientras leía el último aviso de un grupo de especialistas de Yale, en Estados Unidos, que pone el foco en algo que en muchas casas argentinas sigue mirándose para el costado: la cafeína que consumen los adolescentes no es solo el café de la mañana, y sus efectos pueden prolongarse mucho más de lo que uno imagina.
Cuando el cuerpo empieza a avisar
Cuando un adolescente tiene dificultades para dormir, está nervioso o presenta temblores, conviene prestar atención a la cafeína que consume. Esas señales, junto con una caída del desempeño escolar, pueden ser el puntapié de una conversación familiar sobre sus hábitos. La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, advirtió que un exceso también puede provocar palpitaciones, molestias digestivas, inquietud y ansiedad. En criollo: si el chico está irritable, le cuesta arrancar el día y a la noche da vueltas en la cama como un gato en bolsa, no siempre es "la edad". A veces, la respuesta está en la taza o en el sobre que tomó a las cinco de la tarde.
La cafeína se esconde donde menos se la espera
Para reconocer cuánto se ingiere, no alcanza con contar las tazas de café. La cafeína también aparece en bebidas energéticas, gaseosas, chocolate, chicles y sobres saborizados. Estos últimos pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y pueden hacer que los prueben sin pensarlo. En la recorrida que hice por algunas cadenas de kioscos del barrio, confirmé lo que dice Kong: los sobres con nombres que suenan a golosina se venden al lado de los caramelos y prometen "energía" en colores estridentes. Para un chico de quince, eso no es un café: es un caramelo con turbo.
- Contar las tazas de café no alcanza: hay cafeína en bebidas energéticas, gaseosas, chocolate, chicles y sobres saborizados.
- Los sobres pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad, una cifra nada despreciable para un adolescente.
- Los sabores dulces y frutales tapam el amargor y los hacen más fáciles de consumir sin advertirlo.
- La cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla.
- Después de cinco o seis horas, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de lo ingerido.
- Evitarla después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso, es la pauta que sugieren los especialistas.
El horario es tan importante como la cantidad
El horario de consumo también pesa más de lo que parece. Según Agrawal, la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla. Entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de la cantidad ingerida. Por eso, la recomendación concreta es evitarla después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso de cada pibe. Ese efecto se combina con un cambio propio de la adolescencia: el reloj biológico se corre y desplaza el sueño hacia horarios más tardíos, lo que vuelve una odisea levantarse temprano para ir al colegio. Si a eso se le suma un energizante a la tarde, el alivio momentáneo puede volver a retrasar el descanso y aumentar el agotamiento al día siguiente. Es un loop que conozco de cerca por varios lectores que me escribieron con la misma queja: "Está siempre cansado y a la noche no se duerme".
“Los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades menores que los adultos. Las recomendaciones para grandes no deben trasladarse a los menores.”Sabhyata Agrawal, neumonóloga y especialista en sueño de Yale
Sobre ese punto fueron todavía más lejos Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale, que recomendó evitar la cafeína antes de los 18 años y excluir las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes. No es un capricho: es la diferencia entre un cuerpo que ya terminó de desarrollarse y uno que todavía está en plena obra.
La conexión con las pantallas y los videojuegos
Revisar las rutinas nocturnas es otra parte del cuidado, y ahí aparece un combo que en las casas con adolescentes es moneda corriente: consolas, celular y cafeína. Park explicó que el consumo durante los videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores en línea. Y acá viene el dato que a mí más me preocupa: la luz de las pantallas reduce la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. O sea, no es solo la cafeína la que retrasa el descanso; es la cafeína sumada a la pantalla hasta las dos de la mañana. Para graficarlo con una escena que cualquiera puede reconocer: el pibe de dieciséis que se conecta a las diez de la noche con sus amigos, pide una pizza por Delivery, se abre un sobre saborizado porque "lo ayuda a jugar mejor" y a las doce y media está con los ojos como un búho, pero a las siete de la mañana no hay forma de sacarlo de la cama.
Entonces, ¿por dónde empezar? Los especialistas sugieren prestar atención a tres frentes: conversar sobre las cantidades consumidas sin dramatizar pero sin dejarlas pasar, revisar los horarios de descanso y de uso de pantallas, y sacar de la mesa la idea de que un energizante es inofensivo porque viene con sabor a frutilla. Volví a pensar en mi amiga y en su hijo, y en cuántas veces nos cruzamos con escenas parecidas sin asociarlas. La próxima vez que un adolescente esté irritable, cansado y sin sueño, vale la pena sumar a la lista de sospechosos no solo a la edad o al colegio, sino también a esa pequeña, dulce y casi inofensiva dosis de cafeína que se cuela en la rutina diaria.
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