Ad Astra: cuando el viaje más largo es el de regreso a la mesa familiar
Brad Pitt se cruza medio sistema solar para encontrar a su padre y, de paso, para preguntarse por qué le cuesta tanto decir lo que siente. La película de James Gray se luce en la fotografía y tropieza justo en lo que más le importa.
Hay una regla no escrita en el cine espacial: cuanto más lejos va el protagonista, más cerca lo esperan las cuentas pendientes en la Tierra. Ad Astra (2019), de James Gray, la cumple a rajatabla. Y, como corresponde, la pone a prueba a puro silencio y latidos bajos.
Roy McBride (Brad Pitt) es un astronauta modelo. Pulso de yogui zen, voz de locutor de alarma domiciliaria, cero sobresaltos. Un tipo al que le podrían anunciar que se cancela el asado del domingo y respondería con un “entendido” en frecuencia radial. Tan contenido es, que uno sospecha que en casa se pelean hablando en susurros y pidiendo disculpas por hablar demasiado fuerte.
Un padre desaparecido y un hijo hecho de frases medidas
Hace décadas, el padre de Roy se mandó una expedición a los confines del sistema solar y nunca más volvió. O casi nunca. Cuando aparece un hilo que podría llevar hasta él, a Roy le toca hacer de buscador oficial, aunque lo que encuentre del otro lado de la galaxia termine siendo, sobre todo, una versión revisada de sí mismo.
Gray arma el periplo como un trámite largo con paradas en la Luna y en Marte, con persecuciones, riesgos y algún que otro recurso de suspenso. Pero el motor real no es la misión: es la relación padre-hijo y esa admiración enorme, incómoda, que Roy arrastra sin saber bien qué hacer con ella. ¿Le reconoce sus luces? ¿Le perdona las ausencias? ¿Le reclama el tiempo perdido? La película se hace esas preguntas, aunque a veces se queda más cerca de planteárselas que de responderlas.
Pitt y la fotografía: lo mejor del viaje
Brad Pitt sostiene al personaje desde la mesura, sin grandes estallidos, como un director de orquesta al que se le nota el esfuerzo por no mover las manos. Esa elección funciona para mostrar a un hombre que aprendió a encapsular lo que siente, aunque también deja al espectador con ganas de un par de escenas donde Roy se quiebre de verdad y deje de medir cada palabra como si fueran costos de servicios.
La otra pata fuerte es la fotografía de Hoyte van Hoytema. Los paisajes espaciales, las escalas del universo, los lugares que visita Roy no son un decorado bonito: están al servicio de la sensación de aislamiento. Cuando la cámara se toma su tiempo, Ad Astra respira como esa película grande y solitaria que quiere ser, en la línea de las que uno se cruza cada tanto en el catálogo y guarda para una noche sin ruido.
Lo que funciona y lo que queda a medio camino
- La contención de Brad Pitt le da al personaje una coherencia llamativa, aunque a veces esa misma quietud le juega en contra al vínculo con el público.
- La fotografía de Hoyte van Hoytema convierte los escenarios espaciales en una extensión del drama psicológico: el vacío afuera refleja el de adentro.
- El ritmo pausado ayuda al tono íntimo, pero a la vez alarga tramos que piden un poco más de pulso narrativo.
- El conflicto padre-hijo está bien planteado como motor, aunque el tramo final se queda corto a la hora de cerrar esa herida abierta.
La pregunta que sobrevuela toda la función es simple, y por eso duele: qué le interesa más al espectador en una película de estas, si la exploración del cosmos o la historia íntima de quienes lo cruzan. Ad Astra se inclina claramente por lo segundo y, cuando lo deja entrever sin solemnidad, se acerca a su mejor versión. Cuando se pone solemne, se le nota.
Mi recomendación, sin rodeos: si te copa una space opera con silencios largos, dilemas familiares y una Luna tan turística como un shopping con gravedad reducida, esta es tu película. Si esperás adrenalina pura o un cierre que termine de ajustar las clavijas emocionales del padre y el hijo, te vas a ir con la sensación de que la escena final se cortó cinco minutos antes. Igual, el viaje entero vale la pena. Tiene esa honestidad medio áspera de las películas que no te dan todo servido: te dejan masticando los temas con la misma cara con la que Roy mira por la ventanilla del transbordador.
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