Una cena que se sirve recalentada: la remake que se anima a corregirle la receta al original
La versión que Olivia Wilde hizo del filme español de Cesc Gay no es una calco: le agrega capas a los personajes, le da más aire a la cámara y se permite un final menos limpio y más incómodo.
Cuentenme una cena: la que empezaron a cocinar juntos Cesc Gay en 2020 y Olivia Wilde ahora. Mismo menú, misma mesa, mismo departamento convertido en ring de convivencia. La diferencia es que la nueva versión le mete mano a la receta y, contra lo que suele pasar con las remakes, sale ganando.
La sinopsis es calcada: una pareja acepta cenar con vecinos que apenas conoce, y lo que empieza como velada amable termina como radiografía de un matrimonio en bancarrota. El músico que se entera tarde, la vecina que se pasea en pelotas frente a la ventana, la sesión con la psicóloga que desnuda más de lo que cura: todo está. Lo que cambia es cómo se cocina.
Wilde le saca el corset teatral al original
Wilde le afloja el corset teatral a la puesta y deja que la cámara respire. Los actores se mueven, el departamento se recorre, y el tono pasa de teatro filmado a comedia con cuerpo. El personaje que ella misma interpreta gana espesor con guiños a una carrera artística que dejó en el camino y gestos mínimos (la forma de agarrar una copa, de mirar el celular del otro) que cuentan la intimidad de un modo que el original no se permitía.
A Edward Norton también le regalan un pasado que justifica esa mezcla de soltura y frialdad que gasta toda la noche. Pero el volantazo fuerte viene cuando se revela que la pareja que arman Norton y Penélope Cruz lleva adelante un vínculo poliamoroso. En la película de Gay eso chocaba al protagonista; acá el personaje de Seth Rogen lo procesa con curiosidad e incomodidad, y ese sacudón deja a la vista la grieta del matrimonio central.
El final: menos reconciliación, más silencio
- En el original la noche terminaba en un cruce sexual que funcionaba como parche.
Acá no. Rogen vuelve al piano que había dejado abandonado y Wilde se sienta a tocar con él. Dos cuerpos, un instrumento, ninguna palabra. La imagen es más chica y por eso pesa más: deja al espectador preguntándose si aquello es volver a empezar o admitir que no hay vuelta. ¿Le suma o le resta al cierre? Le suma. Lejos de redondear, deja la herida abierta.
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