Un gen que tiene a casi la mitad de la gente a maltraer y que se arregla con un cambio muy simple en la suplementación
La variante del MTHFR impide que el cuerpo convierta el ácido fólico en su forma utilizable. Ansiedad, déficit de atención y abortos espontáneos pueden tener ese origen, y existe un ajuste concreto que pocos conocen.
Me acerqué a la consulta porque una colega me insistió, casi con la desesperación de quien ya probó de todo, con que revisara el tema del gen MTHFR. Yo no tenía ni idea de qué era, la verdad. Pero en cuanto empecé a leer y a preguntar, entendí que estaba delante de un problema enorme y, al mismo tiempo, con una solución bastante más al alcance de la mano de lo que uno imagina. Porque resulta que hay un gen que tiene a casi la mitad de la población mundial con una piedra en el zapato, y que el arreglo es, básicamente, cambiar una pastilla por otra.
Vamos por partes, porque la cosa lo amerita. El gen MTHFR, que en el lenguaje técnico se llama metilentetrahidrofolato reductasa, tiene una función muy específica en el cuerpo: se encarga de transformar el folato que uno ingiere en su forma activa, la que realmente puede ser aprovechada por las células. Ahora bien, cuando ese gen viene con una variante —que es bastante común, ojo—, ese proceso directamente no se completa. El organismo recibe el folato, o su versión sintética que es el ácido fólico, pero no logra meterlo en la órbita útil. Y ahí empiezan los problemas.
El dato que deja frío a cualquiera
La variante está presente en aproximadamente el 46 por ciento de la población mundial. Póngale nombre y apellido: casi una de cada dos personas camina por la vida con esta mutación sin tener la menor idea. Y las consecuencias no son menores, ni muchísimo menos. Quienes la portan pueden experimentar mayor incidencia de ansiedad, de trastorno por déficit de atención e hiperactividad y, en el caso de las mujeres, abortos espontáneos. Síntomas que rara vez se asocian con una causa genética tratable, y que terminan siendo medicados de forma sintomática sin ir nunca a la raíz del asunto.
“Las personas no están rotas, simplemente tienen una deficiencia.”Gary Brecka, especialista en biología humana
La frase la dijo Gary Brecka, y a mí me parece que condensa bastante bien lo que está en juego. Porque no estamos hablando de una enfermedad rara, ni de un cuadro exótico: estamos hablando de un bajón masivo en la calidad de vida que tiene un origen identificable y, sobre todo, una salida concreta.
El ajuste es directo: nada de ácido fólico, todo metilfolato
Acá viene la parte que a mí, personalmente, me parece más interesante para contar. Porque el camino de salida es bastante más simple de lo que uno imagina. La cuestión pasa por reemplazar el ácido fólico por metilfolato, que también se lo conoce como 5-MTHF, que es la forma biodisponible, la que el cuerpo asimila directamente, sin necesidad de esa conversión que el gen mutado no puede hacer. Esto aplica tanto a los suplementos individuales como a las vitaminas prenatales, donde la versión metilada es la indicada para las mujeres en etapa gestacional que tienen esta variante. Es decir: no es que haya que dejar de tomar nada, es que hay que cambiar la forma en que se toma.
Y de yapa, la vitamina D3
Ya que estamos en tema de nutrientes que la mayoría tiene mal cubiertos, vale la pena detenerse en la vitamina D3, que tiene un impacto concreto sobre la salud a largo plazo. El rango clínico que se considera normal va de 30 a 100 nanogramos por decilitro, pero hay un detalle: 30 nanogramas es, en la práctica, una deficiencia. La evidencia disponible asocia el menor riesgo de ciertas enfermedades, incluyendo el cáncer de mama en mujeres, con niveles que se ubican entre 60 y 80 nanogramos por decilitro. La recomendación mínima, incluso para quienes toman sol con regularidad, es de 5.000 unidades internacionales por día. Y un dato que suele quedar afuera de la conversación: la D3 no conviene tomarla sola, porque es una molécula de transporte de calcio, y necesita de la vitamina K2 para que ese calcio termine en el hueso y no se deposite donde no debe.
Salí de la consulta con la sensación de que había estado años mirando el techo sin darme cuenta de que el problema estaba abajo, en una pastilla. Mi colega, la que me insistió tanto, me contó que había visto cambios notables en gente cercana con síntomas que arrastraban sin diagnóstico claro. No es magia, es genética básica y un suplemento bien elegido. Si uno tiene la variante —y las chances son casi moneda tirada al aire—, el primer paso es pedir el estudio. El segundo, es dejar de comprar ácido fólico y empezar a buscar metilfolato. Tan simple como eso, aunque a esta redacción me haya costado varias tazas de café entenderlo bien para contárselo.
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