Negocios turbios: tres capítulos para entender cómo se ensuciaron los ríos británicos
Una miniserie reconstruye, a partir de dos vecinos jubilados, décadas de vertidos sin tratar, controles flojos y decisiones políticas que llegaron hasta el agua de todo el Reino Unido.
Hay series que te dan ganas de cambiar de canal y otras que te hacen mirar el vaso de agua con sospecha. Negocios turbios es de las segundas (y no, no hace falta ser ecologista para sentirse incómodo).
El drama tiene tres episodios y está basado en hechos reales. Arranca con una inquietud local: el río Windrush, en los Cotswolds, presenta una turbidez que nadie recuerda haber visto antes. Lo que parece un problema de vecinos termina destapando décadas de aguas residuales sin tratar vertidas en ríos y costas de todo el país.
Dos jubilados que no se resignan
Ashley Smith, un expolicía interpretado por David Thewlis, y Peter Hammond, profesor de matemáticas jubilado al que da vida Jason Watkins, deciden investigar por su cuenta cuando la explicación de la compañía de agua no los convence. Uno aporta el olfato de la policía y el otro, la capacidad de analizar grandes volúmenes de datos. Juntos encuentran patrones que apuntan a un problema de escala nacional. La ficción incorpora imágenes reales grabadas por activistas, lo que le da un peso que no tiene cualquier thriller de sobremesa.
La serie alterna esa investigación con otra línea temporal que retrocede a 1999. Mark y Julie Preen viajan con sus hijas a Dawlish, en Devon, a una playa que en ese momento tenía distinción de calidad del agua. Heather, de ocho años, entra en contacto con agua contaminada por un vertido visible en la orilla y muere dos semanas después por una infección de E. coli O157. El caso nunca se esclareció del todo y el veredicto fue de muerte accidental. Eso sí que cae como un balde de agua fría.
De la privatización al autocontrol
El drama sitúa el origen del problema en la privatización del sector del agua en 1989. Desde entonces, las empresas pasaron por sucesivas compraventas mientras las infraestructuras acumulaban años de inversión insuficiente. La serie también muestra la relación entre los organismos reguladores y las compañías que deberían supervisar, el nivel de las multas y las remuneraciones de algunos directivos del sector. Y en 2008, el regulador ambiental empezó a trasladar a las propias empresas parte de la tarea de detectar incumplimientos mediante un sistema de autocontrol. Es como dejar que el alumno corrija su propio examen y después sorprenderse de las notas.
Negocios turbios no pretende ser un manual de hidrología, pero sí deja claro cómo una decisión administrativa puede terminar en una playa con bandera de calidad y una familia destrozada. Si te gustan las historias de gente común que se niega a mirar para otro lado, mirala sin vueltas.
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