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MAR, 08 SEPT 2026
Vida

El teléfono sonó a las seis de la tarde y del otro lado una madre preguntaba cómo se salva a un hijo

Entre 2017 y 2025 los suicidios crecieron casi 58% en la Argentina y ya son la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años. La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, explica qué señales pueden advertir familias y docentes, por qué no existe una causa única y de qué manera acompañar a un joven en riesgo.

CW
Carolina WehbeSociedad · 7 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Llegué al Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires una tarde de esas en las que llovizna sin parar y el colectivo tarda una eternidad. En la puerta me atendió María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del lugar, con una taza de té en la mano y la voz cansada de quien lleva décadas escuchando el teléfono sonar a cualquier hora. Antes de sentarnos me dijo una frase que se me grabó: "Acá atendemos a gente que quiere vivir, no a gente que quiere morir". Esa idea ordena todo lo que vino después en la conversación.

Las cifras que enmarca la entrevista son las que publica el propio CAS y las que replica la Organización Mundial de la Salud: en la Argentina, 5.209 personas murieron por suicidio en 2025, contra 3.304 en 2017. El crecimiento del 57,7% convirtió al suicidio en la principal causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito. La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes en ese período. Azcoitía es insistente en un punto: la tendencia se observa en casi todos los países y no se explica con un solo factor.

Una herida que la pandemia dejó en los secundarios

Para Azcoitía, 50 años, hay un corte que marcó a toda una generación: el aislamiento por la pandemia. "Los chicos que estaban en la secundaria durante elASP19 se perdieron algo que no se recupera igual con una pantalla", dice. Para quienes ya tenían dificultades para vincularse, el regreso a las aulas implicó enfrentar exigencias sociales para las que no tenían recursos desarrollados. Esa fragilidad previa, sumada al deterioro económico, a rupturas familiares o a conflictos escolares, configura el terreno en el que aparece el riesgo. "El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón", repite la psicóloga cada vez que la conversación amenaza con buscar un culpable fácil.

En el consultorio y en la línea de atención del CAS, los días más pesados coinciden con noticias de famosos que se quitaron la vida. Azcoitía pide tratar esos casos con cuidado: "No se puede romantizar ni condenar al mismo tiempo. Hay que informar y después abrir espacios de escucha". La aclaración no es menor: el efecto contagio existe y está documentado, pero también lo está el efecto inverso, el de una comunidad que se organiza para cuidar.

Qué señales pueden advertir familias y docentes

  • Un cambio respecto de la conducta habitual: un chico expansivo que se aísla, o uno callado que aparece con conductas disruptivas. Lo que importa es la diferencia con el patrón previo, no el aislamiento en sí.
  • Decir que no tiene sentido vivir, dejar tareas pendientes, regalar objetos queridos o despedirse de manera sutil: son frases y gestos que hay que tomar en serio, sin minimizarlos.
  • Consumo problemático de alcohol, drogas o psicofármacos, y trastornos de la alimentación: funcionan como factores que elevan el riesgo y suelen aparecer combinados.
  • Acoso escolar o laboral, abusos y conflictos familiares no resueltos: el bullying, los abusos y las peleas crónicas en casa son señales de contexto que pesan.
  • Uso de redes sociales como único canal de comunicación y pérdida de vínculos presenciales: la especialista no condena las plataformas, pero alerta cuando reemplazan al cara a cara en personas vulnerables.
“El suicidio nunca es un acto impulsivo. Hay un proceso, y en ese proceso alguien dijo algo, buscó ayuda o dejó una pista. La tarea del entorno es escuchar esas pistas antes de que sea tarde.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires

El proceso, subraya Azcoitía, nunca ocurre de un día para otro. Aun cuando la familia o los amigos lo vivan como un golpe inesperado, suele haber señales que se repiten, un deterioro que se fue acumulando y pedidos de ayuda que a veces están disfrazados de broma o de enojo. Por eso la recomendación central es observar y preguntar de manera directa, sin asustarse con la respuesta: indagar si la persona pensó en hacerse daño o en morir no el hecho, sino que abre la única puerta posible para intervenir a tiempo.

Antes de irme le pregunté qué les dice a los padres que llaman llorando al CAS. Azcoitía me miró con la taza ya vacía y respondió: "Les digo que no están solos y que preguntar no rompe nada. Lo que rompe es no preguntar". En la calle seguía lloviznando y el colectivo, otra vez, tardaba una eternidad. Pero la frase se me quedó dando vueltas, como quedan las que sirven.

CW

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