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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

El precio de ser siempre el fuerte: cuando la red se cae a los 60 y ya nadie pregunta cómo estás

Décadas de disponibilidad constante acostumbraron al entorno a verlas como un recurso, no como alguien con necesidades propias. La psicología clínica describe un perfil paradójico: personas competentes y socialmente activas que al llegar a la madurez descubren que sus vínculos fueron, en su mayoría, funcionales. Reconocer ese patrón a tiempo es el primer paso para revertirlo.

CW
Carolina WehbeSociedad · · lectura 5 min
El precio de ser siempre el fuerte: cuando la red se cae a los 60 y ya nadie pregunta cómo estás

Lo vi el martes a la noche, en la mesa de un bar del centro, mientras esperaba a una fuente para esta nota. Una mujer de unos sesenta y pocos, saco claro y anteojos de lectura, le mostraba el celular a otra mujer más joven que ocupaba la silla de enfrente y le decía, con la voz apenas contenida, que el ex marido se había muerto el domingo y que sus tres hijos no le habían escrito un solo mensaje de pésame, ocupados en sus propias vidas. La más joven la escuchaba con cara de circunstancias y le recomendaba que fuera a terapia, como si le estuviera recetando un paracetamol. La señora del saco claro pagó la cuenta, se levantó y se fue sola hacia la parada del colectivo. Yo me quedé pensando en esa escena todo el camino de regreso a la redacción y en cómo, sin saberlo, ella era un retrato casi exacto de lo que la psicología clínica viene describiendo hace años como el cuidador compulsivo que llega a la vejez con la red social vacía y la agenda llena.

Llegar a los sesenta sin un círculo íntimo de apoyo no suele ser señal de torpeza social, ni de mala suerte ni de carácter antipático. Los especialistas que trabajan con adultos mayores en Argentina identifican un perfil casi opuesto al del retraído: personas que fueron el pilar de sus familias, de sus grupos de amigos y hasta de sus oficinas durante décadas, siempre disponibles para escuchar, mediar en peleas, cuidar nietos, prestar plata, conseguir un contacto, arreglar un trámite imposible. El problema, me explicó la psicóloga clínica Gabriela Ramírez, de 54 años, a quien entrevisté por videollamada desde su consultorio en Caballito, no es la falta de vínculos sino la calidad asimétrica de esos vínculos, algo que uno termina descubriendo cuando ya es tarde y el contexto cambió.

El cuidado compulsivo, la trampa de ser siempre el fuerte

La literatura clínica anglosajona lo llama compulsive caring y en castellano lo traducimos, cuando aparece en los consultorios, como cuidado compulsivo: la tendencia a construir la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese lugar escucha, orienta y resuelve con frecuencia, pero rara vez recibe la misma contención de vuelta. Con el correr de los años, el entorno va interiorizando la asimetría sin darse cuenta, como quien se acostumbra a que el semáforo de la esquina esté siempre en verde: la persona fuerte no necesita ayuda porque está ahí para darla, y punto.

El mecanismo se vuelve visible, según me describió Ramírez, cuando cambian las circunstancias externas. Una salida del mercado laboral, una jubilación, un divorcio, una pérdida personal, una mudanza o cualquier crisis propia expone que muchos de esos contactos dependían de la utilidad funcional concreta, del acceso a cierta experiencia, a ciertos contactos, a cierta capacidad de gestión que la persona iba regalando sin pedir nada a cambio. Cuando esa utilidad desaparece, porque la persona ya no ocupa el mismo rol o porque simplemente se cansó, la red se va adelgazando sola, casi sin que nadie lo note, y quedan cuatro mensajes deWhatsApp al año y un montón de saludos en los grupos de WhatsApp que nadie lee.

“El cuidador compulsivo no es un santo, es alguien que aprendió muy temprano que su valor dependía de lo que hace por otros y no de lo que siente. Y eso se aprende de chico, casi siempre en una familia donde pedir era de débiles.”Gabriela Ramírez, psicóloga clínica (54)

Qué recomiendan los especialistas antes de que sea tarde

  • Comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, porque la cultura del superhéroe no incluye un manual de instrucciones a la inversa.
  • Revisar qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta y atreverse a preguntarse qué pasaría si dejara de dar.
  • Pedir ayuda concreta y chica, no épica, para empezar a desarmar la incomodidad de mostrarse vulnerable, que es donde se juega buena parte del cambio.
  • Trabajar el patrón en consulta psicológica con un profesional que problematice la identidad del cuidador y no la festeje como una virtud.
  • Construir espacios donde el intercambio sea genuino y no transaccional, incluso si al principio cuesta y hasta da vergüenza.

Otro obstáculo concreto que mencionan los terapeutas es la dificultad para pedir ayuda, que en este perfil aparece asociada a una amenaza directa a la autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque contradice la imagen que fueron construyendo durante cuarenta años, y esa incomodidad los lleva a atravesar sus propias crisis en soledad, incluso cuando tienen personas alrededor, incluso cuando hay hijos que viven a diez cuadras y sobrinos a los que se les cambió los pañales. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT, confirman que los vínculos sostenidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto cambia y que, en cambio, la reciprocidad es la que genera lazos que sobreviven a jubilaciones, mudanzas y duelos.

La salida que propone la psicología, me insistió Ramírez antes de cortar la llamada, no pasa por dejar de cuidar a otros ni por volverse egoísta de un día para el otro, que sería otra forma de rigidez, sino por habilitar la reciprocidad en los vínculos que uno ya tiene y animarse a construir otros nuevos donde la moneda de cambio no sea la utilidad sino el afecto llano y llano. Eso implica, en la práctica, dos movimientos que suenan simples y son complicadísimos: comunicar las propias necesidades en voz alta, sin esperar que los demás las adivinen porque es injusto y además no funciona, y revisar uno por uno qué relaciones se sostienen únicamente por el favor que uno presta, para decidir con cuál se quiere seguir y con cuál no.

Salí del bar con la imagen de esa mujer del saco claro todavía dando vueltas y me acordé de algo que me dijo mi abuela, que en paz descanse, en una de esas conversaciones de sobremesa que ahora tengocatalogadas como material clínico involuntario: yo siempre estoy para todos, mija, pero cuando yo me muera no va a haber nadie que esté para mí. Tenía razón en el diagnóstico aunque se equivocó en el final, porque empezar a preguntarse por estas cosas a los sesenta, o mejor todavía a los cuarenta, es abrir la puerta a tiempo para que la historia termine distinto. Reconocer el patrón, me confirmó Ramírez, es ya la mitad del trabajo; la otra mitad es animarse a ser, por una vez, también el que pide.

CW

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