Aftas en la boca: la molestia que casi siempre se va sola, pero que a veces está gritando algo más
Úlceras pequeñas, dolorosas y molestas que aparecen en la mejilla, la lengua o el paladar. En la enorme mayoría de los casos se resuelven solas en una o dos semanas, pero hay señales concretas que obligan a pedir turno con el médico. Una guía para saber cuándo no hay que quedarse en casa esperando.
Lo vi por primera vez en un mostrador de farmacia, una mañana de esas en las que la ciudad todavía se está desperezando: una mujer de unos 50 años, Carmen, le pedía a la farmacéutica algo "fuerte, pero que no sea corticoide" para unas llagas en la boca que no la dejaban comer. Me miró, me vio con la libretita, y se quejó bajito: "Llevo diez días así. Me muerdo, me arde, no puedo ni tomar el café con leche". La escena me quedó dando vueltas y terminó de empujarme a investigar qué hay detrás de las aftas, por qué a veces son tan insistentes y por qué otras veces aparecen como un mensaje de otra cosa.
Qué son y cómo se las reconoce
Las aftas, también llamadas úlceras bucales, son lesiones que aparecen en la cara interna de las mejillas, debajo o encima de la lengua, en las encías, en el paladar blando o en el interior de los labios. Suelen tener un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde bien rojo, y muchas veces vienen avisando antes con ardor u hormigueo. Un dato clave para no confundirlas con otra cosa: no aparecen en la parte externa de los labios y no se contagian, a diferencia del herpes labial.
Las tres formas que pueden tomar
- Menores: son las más frecuentes, pequeñas, redondeadas y dolorosas. Se curan solas en una o dos semanas y no dejan marca en la mucosa.
- Mayores: menos comunes, más profundas y molestas. Pueden tardar hasta seis semanas en cerrar y a veces dejan cicatriz.
- Herpetiformes: un grupo de ulceraciones muy chiquitas que tienden a juntarse y que, pese al nombre, nada tienen que ver con el virus del herpes.
Por qué aparecen
Las causas más documentadas son los traumatismos locales: morderse la mejilla sin querer, un cepillado demasiado agresivo, el roce de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal ajustada y las quemaduras con comida o bebida muy caliente. También se las asocia con el estrés, el cansancio y los cambios hormonales del ciclo menstrual o del embarazo. La alimentación importa: las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen repetidamente en los estudios como factores relacionados.
Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes tenían con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, reservas bajas de hierro medidas por ferritina y valores reducidos de hemoglobina. Los propios autores aclararon que esa asociación no significa causalidad directa y que en algunos indicadores la evidencia sigue siendo limitada. O sea: la anemia puede acompañar a las aftas, pero todavía no se puede asegurar que las provoque.
Cuándo dejan de ser una molestia pasajera
Cuando las lesiones son múltiples o aparecen una y otra vez, conviene pensar en una enfermedad de base. Entre las condiciones asociadas están la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o por hongos y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. También hay fármacos y tratamientos que pueden disparar aftas como efecto secundario, algo que se ve sobre todo en pacientes oncológicos en quimioterapia.
Las señales de alerta que sí o sí piden consulta
- Una llaga que no se cura después de dos o tres semanas.
- Lesiones que crecen, cambian de color o se endurecen.
- Dolor tan intenso que impide comer, hablar o dormir.
- Aftas que reaparecen con frecuencia, varias veces al año.
- Aparición junto con fiebre, diarrea, dolor articular, sarpullido o pérdida de peso.
- Úlceras que se extienden hacia los labios externos o que sangran sin causa clara.
Qué se puede hacer mientras tanto
Para la mayoría de las aftas comunes alcanza con medidas simples: evitar los alimentos muy ácidos, picantes o calientes, mantener una buena higiene bucal con cepillos suaves, no abusar de los enjuagues con alcohol y revisar el ajuste de prótesis y aparatos. Si el cuadro es repetido o las lesiones son grandes y dolorosas, el médico puede indicar anestésicos tópicos, enjuagues con corticosteroides o suplementos específicos según los análisis. La automedicación con corticoides o antibióticos sin receta no es buena idea y puede tapar un problema más serio.
Me acordé de Carmen cuando cerré esta nota. La farmacéutica le terminó recomendando un gel con ácido hialurónico y un control odontológico por si había una caries o un filo de una corona que la lastimaba. Carmen se fue con la bolsita, todavía renegando contra el café con leche. A veces las aftas son apenas eso: una molestia que se va sola. Pero si se quedan más de lo razonable, vuelven una y otra vez o vienen con companyía — fiebre, decaimiento, dolor en las articulaciones — conviene dejarse de homeopatías de pasillo y sentarse frente al médico. La boca suele hablar antes que el resto del cuerpo.
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