Rubén Rada se fue como vivió: a los tumbos, con un micrófono en la mano y un país entero cantándole al lado
El Palacio Legislativo de Montevideo abrió sus puertas durante siete horas para despedir al músico uruguayo, y la fila daba la vuelta a la manzana. El presidente Yamandú Orsi decretó duelo oficial y se quebró al recordar al amigo. Acá, lo que dejó una jornada que fue velorio y festejo al mismo tiempo.
Hay despedidas que parecen funerales y despedidas que parecen asado del domingo. La de Rubén Rada fue de las segundas. El Palacio Legislativo de Montevideo abrió sus puertas este jueves a las 14.00 y las cerró a las 21.00, y durante esas siete horas pasó por el Salón de los Pasos Perdidos una multitud que parecía haberse puesto de acuerdo en una sola cosa: no llorar, cantar.
(Spoiler: llorar también, pero después, con el himnito a mano y un vaso de algo encima.)
La fila daba la vuelta, y adentro se cantaba a capela
Antes de que los porteros corrieran la cadena, ya había gente haciendo cola en las veredas de Avenida del Libertador. Familiares, músicos, fans de toda edad y hasta curiosos que querían ver de cerca al que le puso sonido a cinco décadas de Uruguay. El ingreso fue por la puerta principal, con el Salón de los Pasos Perdidos convertido en una especie de teatro a cielo cerrado: féretro al medio, coronas alrededor y, en algún momento, casi un coro popular.
Pasadas las 16.00, tres argentinos ilustres se plantaron frente al cajón y se mandaron a cantar. León Gieco, Natalia Oreiro y Ricardo Mollo se juntaron con los hijos de Rada, con la esposa del músico, Patricia Jodara, y con el compositor Jorge Nasser para despuntar el vicio con Blumana, uno de los temas más queridos del Negro. Después cayó Muriendo de plena, y ahí se rompió la barrera entre artistas y público: las palmas empezaron a marcar la clave de candombe sola, como si el salón tuviera memoria propia y supiera la percusión de memoria.
“Esto no para. Rubén había pedido que su despedida tuviera tono de alegría. Nosotros somos medio apagaditos; él era para arriba. Alegría, alegría.”Yamandú Orsi, presidente de Uruguay, en rueda de prensa tras el velatorio
Un presidente que lo conocía, un país que lo extrañaba
Orsi decretó duelo oficial para el jueves y se acercó al Legislativo a despedir a alguien con quien tenía trato personal, no solo institucional. En la rueda de prensa posterior contó dos anécdotas que pintan al Rada de siempre, el que entraba en cualquier lado y se hacía entender: una actuación en Corea donde conectó sin hablar el idioma, y los militares uruguayos en misiones de paz en el Congo que, cuentan, cerraban la jornada poniendo Mi país. El clásico. El que suena en cualquier reunión de uruguayos, estén donde estén.
Rada había fallecido el miércoles 26 de agosto, a los 83 años, después de un mes de internación por una neumonía bilateral. La noticia cayó como cae siempre la muerte de los que parecen inmortables: mal, con la sensación de que se apaga algo que no debería apagarse nunca. Su hijo Matías estuvo todo el jueves en el salón recibiendo condolencias, sosteniendo una mueca que era mitad tristeza y mitad gratitud, la cara que se les queda a los hijos de los artistas enormes cuando descubren que papá le importaba a todo el país.
Cómo sigue la despedida
El cortejo fúnebre partirá a las 11.00 desde la esquina de Isla de Flores y Santiago de Chile, en el barrio Palermo, y se dirigirá al Cementerio del Norte. Quienes quieran sumarse deberán llegar temprano: cuando se va alguien como Rada, la calle se llena de gente, de flores y de canciones que nadie necesita pedir para que empiecen.
Mi recomendación, sin vueltas
Si tenés un tocadiscos, un pendrive o lo que sea, esta noche poné un disco del Negro. No un greatest hits frío, no. Uno de los bravos, de los que tienen de relleno (perdón, quise decir: de los que tienen temas de relleno). Dejá que suene mientras hacés la cena, mientras hablás por teléfono, mientras te tomás un vino. Rubén Rada se fue como vivió: haciendo ruido bueno, con gente alrededor y con un país que todavía no se anima a ponerlo en pasado. Honrarlo es fácil: basta con no apagar la música.
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