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VIE, 28 AGO 2026
Vida

Criar sin tiranía y sin libertinaje: por qué los límites no son el enemigo

Especialistas en crianza aseguran que poner reglas claras desde la infancia no convierte a los adultos en autoritarios, sino que funciona como una forma de cuidado emocional. La diferencia pasa por cómo se sostienen esos límites y qué se pone en juego cuando eligen correrse.

CW
Carolina WehbeSociedad · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 3 min

Lo escuché la otra tarde mientras hacía la cola del súper, entre dos madres que hablaban de sus hijos como si fueran adultos pequeñitos a los que cualquier orden podía lastimar. Una le decía a la otra que ya no le ponía límites a su nene de cinco años porque no quería “traumatizarlo”. La otra asentía, cómplice, mientras el carrito de supermercado avanzaba lento hacia la góndola de los yogures. Salí de ahí con una pregunta dando vueltas, así que me senté a leer qué dicen quienes se dedican a pensar la crianza en serio. Y la respuesta me dejó pensando más de lo que esperaba.

Cuando el diálogo se vuelve permanente negociación

Cada vez más familias, sobre todo en los sectores medios de las grandes ciudades, eligieron en los últimos años reemplazar los gritos y los castigos por conversaciones largas, miradas cómplices y mucha, pero mucha paciencia. El problema, dicen las especialistas, aparece cuando esa búsqueda de buena convivencia se transforma en una negociación sin fin, donde el adulto termina cediendo una y otra vez, solo para evitar el conflicto.

Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, hay cuestiones en una casa que se discuten y hay otras que directamente no entran en discusión. “Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso”, señala.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La primera distinción que hace Raschkovan, de 47 años, es la más importante y a la vez la que más se mezcla en las conversaciones de café: autoridad y autoritarismo no son sinónimos. El autoritarismo, explica, es lisa y llanamente un abuso de poder. En cambio, respetar a un chico o a un adolescente no significa dejarlo hacer lo que se le ocurra: el respeto, insiste, está en el buen trato, no en la ausencia de normas.

Esa idea no es nueva. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía hoy se usan como mapa: el autoritario, con reglas rígidas y muy poca escucha; el permisivo, donde sobra el cariño pero faltan los límites; y el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y con mucha contención afectiva. Es el último el que la mayoría de los especialistas recomiendan como punto de equilibrio.

“Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.”Deborah Bellota, psicóloga

Las pequeñas frustraciones que enseñan a vivir

Para Raschkovan, los límites son una forma concreta de cuidado. “Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración”, afirma. La especialista insiste en que esa capacidad no brota sola: se aprende. Y si un chico no se topa con el “no” dentro de un entorno seguro, es probable que afuera tampoco encuentre los recursos emocionales para procesar las situaciones que lo desbordan.

La psicóloga Deborah Bellota suma una reflexión que me parece clave y que a muchos padres les va a resonar: el trabajo del adulto no termina cuando dice “no”. El verdadero desafío empieza ahí, en cómo sostiene después ese límite, en cómo acompaña la emoción del chico sin retroceder, pero también sin escalar. En esa zona intermedia, ni de plomo ni de goma, se juega buena parte de la crianza de los próximos años. Y es, justamente, la zona que más cuesta habitar.

CW

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